Mucho Gucci y poco para ese portento medieval

REINALDO CHACÓN

Son contados los directores que consiguen estrenar dos films en un mismo año. Y de aquellos que lo han logrado, han visto como una de las obras es eclipsada por la otra: Victor Fleming, en 1939, estrenó la fantástica obra de El mago de OZ y el inigualable clásico de clásicos Lo que le viento se llevó, quedando aplastada la primera por la avasallante crítica, premios y recuerdos que dejó la adaptación de la obra de Margaret Mitchell y sus 10 Oscars; Hitchcock realizaría esta proeza en 8 ocasiones, siendo el año de 1954 el más relevante con La llamada fatal (Dial M for Murder) y La ventana indiscreta. Dos pedazos de obras dentro de la lista de películas que no puedes dejar de ver, donde la segunda conseguiría 4 nominaciones a los premios de la academia y la categoría de ícono dentro de la filmografía del director.

Tan prolífico como el inglés, Jospeh L. Mankiewicz también conseguiría hacerlo en varias oportunidades, 5 en total. En 1950 estrenó sus dos obras más emblemáticas: El odio es ciego (No Way Out) y La Malvada (All About Eve), siendo esta última la primera película en la historia en conseguir 14 nominaciones a los premios de la Academia (ganaría 6) y la única en conseguir 4 nominaciones para sus actrices; Francis Ford Coppola, en 1974, estrenaría dos joyas: La conversación y El Padrino II. Ambas nominadas a Mejor Película en los premios Oscars, donde la segunda conseguiría la estatuilla junto con otras 5, además de instaurar en las secuelas la oportunidad de ser tan o mejor que la original; De las 6 ocasiones en que Steven Spielberg estrenó par de obras, fue en 1993 cuando consiguió marcar influencia en la construcción de los blockbusters del siglo XXI con Jurassic Park, al mismo tiempo que demostrar su madurez cinematográfica con La lista de Schindler, la cual le concedería ese Oscar a Mejor Director que le había sido postergado por décadas, junto con otras 6 estatuillas para la película; junto a todos ellos, también se encuentran Ingmar Bergman (en 1957),  Brian de Palma (en 1976), Steven Soderbergh (en 7 ocaciones), Clint Eastwood (en 8 ocaciones), Denis Villeneuve (2013), David Cronenberg (en 1983), Woddy Allen (en 1987), Robert Zemeckis (2000), entre otros.

En esta no muy extensa lista, no podía faltar otro grande del cine, Ridley Scott, quien ya habría realizado esta proeza en 2001 (Hannibal y Black Hawk Down) y agrandado aún más este hito en 2017 con 3 estrenos (Alien: Covenant, Blade Runner 2049, All the Money in the World). La gran diferencia en 2021, estrenando La casa de Gucci y El último duelo, sería el eclipse de la mejor obra por la comercial. Vendida para conseguir espacio en los Oscars, especialmente por el continuo ascenso en la carrera de actriz de Lady Gaga, quedó entre las olvidadas del año a pesar de poseer un profundo argumento (segunda colaboración de un guion entre los ganadores del premio de la academia Ben Affleck y Matt Damon, en conjunto esta vez con Nicole Holofcener), una estructura narrativa sin igual entre todas las películas del año (estilo conceptual equiparable a los puntos de vista en Rashomon (1950)), un diseño de producción de Arthur Max envidiable, actuaciones encomiables (especialmente Jodie Comer, olvidada tanto como la película entre las mejores actrices del año), escenas de acción equiparables a Gladiador (2000) (tal vez la última del film sea la mejor escena de acción del año), otra densa y poderosa composición musical de Harry Gregson-Williams (score con profundo enfoque en la simbología coral), en fin, una obra con muchas razones para estar presente en la carrera de premios.

Podemos llegar a concluir que los esfuerzos para el film de Gucci no estuvieron correctamente canalizados. Enfrente de un monstruo medieval lleno de complejidades discursivas, cambios tonales según el narrador que asume la conducción del film, atmósferas dinámicas que golpean cualquier lógica construida en los relatos anteriores, Gucci muestra un glamoroso traje, muy adornado y reluciente en su fachada, que posee falta de sensibilidad y profundidad con la historia que cuenta. Enfocado en los personajes, olvida el conflicto humano inmerso en la debacle familiar porque orienta, casi como un exigencia de la producción, la importancia del film en las actuaciones de un sin igual reparto, dejando huecos dramáticos que no serán rellenados ni potenciados por los discursos de los otros departamentos involucrados en la obra.

Sin embargo, intentar designar una de ellas como “mala” y la otra como “buena”, sería un reduccionismo un tanto simplista y hasta injusto con el trabajo del propio director. Creo más acorde el cambiar a la designación a “una película para el cineasta”, donde se encuentra el estilo visual y narrativo del director, dándose la oportunidad de asumir riesgos como obra, y “una película de encargo”, donde el interés consiste en ser el motor que guíe los designios de los productores que requieren de tu talento y disciplina en la labor cinematográfica para conseguir el producto que desean. Por ello, no creo gratuitas las palabras de Scott, dichas a la revista cinematográfica The Hollywood Reporter, al asomar su ilusión porque la obra medieval gozara de mayores oportunidades en los cines. A pesar de los resultados y tratos desiguales, es grato conocer que Scott no se rinde ante los encargos que le dan de comer, defiendo sin temor ni pena lo que asume como su interés cinematográfico del año. Es por esta razón que no renunció a seguir esperando, con gran expectación, la próxima película de Scott. Esa que realmente sienta que le pertenece.

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