Bola de nieve

REINALDO CHACÓN

La nonagésima cuarta ceremonia de los Premios Oscars, transformó su esencia artística, galante, competitiva, honorífica, cómica, lúdica, comercial, industrial, cinematográfica, en una suerte de esclarecimiento de la sociedad que en realidad somos. Y es que, ya es hostil, de parte de todos nosotros, olvidarnos de la cantidad de agresiones ocurridas que no terminaron por ser tan mediáticas como el encuentro verbal y físico entre Chris Rock y Will Smith. Evento que se volvería una inmensa bola de nieve, llena de una mezcolanza incongruente de comentarios, opiniones, memes, shows, podcats, videos, entrevistas, y un sinfín de contenidos que terminan por ser basura que no se desechará en ningún lugar, pues irá dentro de esa enorme inmensidad y chocará contra nosotros mismos.

La noche comenzó con lo que ya era un hecho: retirar de la gala televisada 8 premios, mal llamados “técnicos”, para disminuir el metraje del programa y no afectar el ritmo. Una agresión en doble sentido, especialmente para el artista, pues un ingeniero de sonido, un cortometrajista, el compositor de una banda sonora, el editor de un film, el diseñador de producción, así como también los maquilladores, son miembros de la academia tan relevantes y significativos como un actor, un director, un director de fotografía, un cantante, un vestuarista, un guionista, un productor. Poseen los mismos derechos para gozar de sus reducidos minutos frente a las cámaras para agradecer sin tener que pasar por una pre-grabación para editar su discurso y acortar su ya reducido tiempo. Ser tratados como relleno mientras la alfombra roja está en proceso, es una agresión a su profesión, su importancia en la industria y su carácter humano de poseer las mismas ansias y pasiones de ser visto en vivo por sus seres queridos y compañeros de trabajo, convirtiéndoles la velada en una ceremonia ajena. Un doble sentido que influye significativamente en el espectador, pues sea “especialista” o no, le arrebatan la experiencia de la sorpresa y el gozo de lo inesperado (aunque estos premios ya no lo ofrecen) y que ello esté en concreta relación con el sentimiento del artista expectante. Una gran pantalla desplegable en medio del teatro, reproduciendo la reducción de lo ocurrido, que ya conocemos por redes sociales, es un asalto al origen de esta ceremonia.

Luego están las anfitrionas, que en su intento por orientar la velada a un ambiente divertido y fluido, fueron las primeras en propiciar el verbo de la burla y la agresión. Cada una desarrolló su provocación a la intimidad de los actores y no a la de sus interpretaciones, como en antaño hacían los presentadores al construír un hilo discursivo enfocado en el lado divertido de esos seres ficticios que, al asociarlos con el humano que los interpretó, conseguían un momento grato en la sátira sin afectar al artista. Pues no. La errada escogencia fue la de la humillación con base en el humor negro. La intimidad del humano gana más “likes” y “viewers” porque, como ellas mismas dijeron, “la mayoría de la gente no termina por ver todas las películas”. Primero fue Wanda Sykes, desprestigiando la ceremonia cinematográfica para alabar a la televisión en pleno auge por recuperar el terreno perdido ante las plataformas streaming (incoherencia discursiva y desvinculación del contexto de su industria) Luego se dirige al recién galardonado por su trayectoria, Samuel L. Jackson, destacando huecos en su currículum por no actuar en particulares géneros. ¿Imaginan una ceremonia del pasado donde se le dirijan así a un Sidney Poitier, una Lauren Bacall, un James Earl Jones, una Angela Lansbury, un Spike Lee, ó una Ágnes Varda?.

Siguió Regina Hall, quien elevó esta desvinculación contextual cuando ejecutó el test físico del coronavirus a Josh Brolin y Jason Momoa. Un manoseo que cachetea el intento por equiparar ambos sexos, sucumbiendo por cambiar roles y no por desmontar mensajes, pues sin duda el escándalo sería mediático si fuese Momoa el que manoseara a Hall.

Finalmente, Amy Schumer, quien, en su oportunidad por conseguir calmar la tensión del evento agresor principal, escala con otra broma pesada (aunque previamente pautada) sobre otra pareja de actores: ”personas que acuden a la sala para llenar asientos”, forma en que se dirigió a una Kirsten Dunst que acababa de perder la oportunidad de ganar el premio a mejor actriz de reparto.

Descontextualización grave de estas tres artistas, demostrando su incapacidad para desechar contenidos fuera de lugar y usar su habilidad de comediantes para potenciar la empatía con la gala y reubicar la situación. Cabe preguntarse acá ¿Porqué la academia escoge un productor que acepta colocar en su show a figuras que agredan a la industria, a la institución y a sus agremiados?

En medio de tantas malas decisiones, el intento por homenajear los 50 años de El Padrino (1972) se convirtió en un momento efímero. A pesar de los gigantes que tomaron el escenario, el prólogo a su entrada fue realmente un lastre a la historia que intentaron ovacionar. Un video y presentador desligados de todo lo relacionable con este clásico, tratando de guiar el homenaje bajo una cultura urbana, experimentando el modernizar la mafia y conducirla ¿a la actual? fue un despropósito para la categoría del film, así como también para el score de Nino Rota, cuyas melodías no podrán renovarse para atraer al público joven. La obra es por una razón y debe mantener su concepto para evocar su logro artístico. Por ello, el silencio de Pacino y De Niro, acompañando las breves palabras de un Coppola desilusionado, reflejaron la falta de conocimiento cinematográfico de la producción de la ceremonia para con este emblema de la Academia.

Al acabar la noche, la conclusión fue la misma: elecciones políticamente correctas para evitar bloqueos provenientes de movimientos promotores de boicots. Sería innecesario entrar en un debate subjetivo sobre quien era la mejor opción, porque además entramos en otra agresión, cada vez más palpable, de achacarle a estos premios los resentimientos cinematográficos de la no escogencia de los deseos de la mayoría. No es un evento de elección popular que coteje el interés de quienes lo vemos. Es una institución que, con casi un siglo de perseverancia y constancia, posee una historia, reglas, moral, ética y formas para escoger sus obras, no las del mundo. Misma situación que puede pasar con cualquier festival o premiación a lo largo del año, solamente que esta es la más vista y distribuida, haciéndonos creer con el poder y la licencia para juzgarla como no lo hacemos con las otras.

Es lamentable como se va agrediendo un barco, provocando su paulatino hundimiento, que alguna vez estuvo lleno de grandilocuencia. Que, aunque no eligiera las obras que más agradaran a sus espectadores, convertía sus ceremonias en eventos inolvidables, llenos de escenas memorables, honrosas, magnánimas. Discursos cargados de sentido histórico de la institución, artistas y el contexto cinematográfico. La gala se mezclaba con el respeto y la industria con el arte. Terrible que las generaciones que han tomado la batuta en la última década, no hayan conseguido mantener ese legado. Por ello, es importante no olvidar que el propio cine ofrece las respuestas a sus retos: voltear y ver los clásicos es la mejor manera de aprender, levantar, y volver a la senda de lo magnífico.

FOTOGRAFÍA: Blaine Ohigashi / A.M.P.A.S.

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