Desde la distancia

REINALDO CHACÓN

Los documentales son obras que tienen una característica muy peculiar: la flexibilidad. Sus historias pueden ser producto de un trabajo de investigación que consiga una cronología histórica que, con suficiente data e información, avalen la perspectiva del discurso que el artista desea expresar. Pero también pueden ser relatos conseguidos por la improvisación narrativa de eventos que ocurren sin previo aviso y que imposibiliten un tiempo de preparación y estructuración de la dialéctica inmersa en la necesidad creativa. Por lo que no es gratis, en presencia del COVID-19, que emerjan tantos trabajos de este tipo en la búsqueda, cual red social fundamentada en la inmediatez, de expresar las consecuencias en caliente que vamos viviendo. Esa es claramente la intención del documental El año de la persistencia (2022) el cual sumerge su visión en el particular evento que ocurrió en plena pandemia del COVID-19 en Venezuela: la inactividad de la industria cinematográfica pese a la reactivación de la nueva normalidad en el país.

Esta premisa consigue ser el detonante de su propio conflicto, pues el espectador, aún el menos incisivo, objetaría esa peculiaridad en nuestra sociedad cuando las consecuencias son mundiales. Y la verdad es que no carece de lógica esta postura. Sin embargo, el documental redirige esa visión global colocando el foco en la perspectiva que viene viviendo nuestra industria cinematográfica, la cual sí posee singularidad en la región. Este contexto solidifica la intención de Sergio Monsalve, su director, hacia un viaje interrogativo con una variedad de expertos y especialistas del área que van graficando este peculiar evento en medio de una debacle industrial persistente.

Pocos, o ningunos, han asumido la tarea de plasmar este debate desde su propio universo: la pantalla grande. Y la pandemia colocaba una singular oportunidad al intensificar esas variables que invisibilizan nuestra industria. Pero el interés por dar a conocer al espectador este deterioro, modifica el foco del film y olvida su objetivo vinculado a la pandemia. El discurso empieza a bascular hacia los números y espacios que la industria ha ido perdiendo, sus comparativas con años anteriores en el ámbito de la producción, distribución y exhibición, perdiendo la conexión con ese presente narrativo en busca de diseccionar las consecuencias que recrudecen este panorama de desastre.

Muy a pesar de este positivo intento por dejar registro de una época oscura en el cine venezolano, ofreciendo visiones motivadoras e impulsadoras de los distintos actores interpelados, pierde fuerza al no involucrar al espectador. No hay espacio discursivo en el documental que consulte al público sobre su participación con la industria, su opinión de la misma, o incluso, más pertinente aún, su postura ante la no apertura de esta rama productiva a raíz de esta situación sanitaria. La visión crítica quedó en un nicho tan pequeño, que relevó los límites que el propio documental se trazó al elaborar un universo discursivo circunscrito solo hacia figuras que laboran en ciertas áreas de la cinematografía, generando reiteración argumentativa sin debate u oposición. El distanciamiento con el espectador, ese que da vida comercial para mantener la producción de expresiones artísticas populares, críticas y reflexivas, continúa retroalimentando la inexistente simbiosis que debe haber en todo sistema orgánico. No hay mejor ejemplo que vivir esta experiencia en una sala desolada.

Y aún cuando se puede “licenciar” la flexibilidad técnica en el documental, por su calidad de “realidad”, la reincidencia argumental es un valor que resta en el relato con la suma de espacios vacuos expresados en planos inexpresivos y fuera de contexto. En la ficción, el guion es quien absorbe este ciclismo de contenido. En el documental, es la edición. La falta de contenido visual simbólico que complemente el verbo y nos sumerja en la temática sensorial, evidencia la duda en la narrativa. Los ejemplos más comunes de este síntoma son los planos largos con los entrevistados o esas transiciones drásticas a encuadres con acciones inconexas con lo narrado, distorsionando el significado y perdiendo el hilo discursivo en el espectador. Una característica en la que persiste la exposición de este documental.

Sin embargo, tal vez lo más delicado se presenta en su título. Sin duda hay parte del verbo persistir en el discurso de Monsalve, acompañado por las voces de quienes viven de la activación de parte de esta rama productiva. Pero, queda el vaso medio vacío cuando no hay la búsqueda de quienes continuaron desarrollando proyectos en medio de esta pandemia. La industria cinematografía no es solamente la venta de boletos, las colas en las dulcerías, los artículos de críticos publicados en los medios, los flashes de los celulares frente a los atrayentes afiches de las películas, los programadores de salas de cine o los gerentes de empresas distribuidoras. También está inmersa en las aulas virtuales reinventadas para continuar con la formación de profesionales en la comunicación audiovisual y cinematográfica, en los realizadores que no detuvieron su desarrollo artístico creativo y continuaron con el inagotable papel en blanco a la espera de ideas o reinventaron su expresión en podcast diversos que condujo a nuevas formas de conseguir inversores, en los productores que inauguraron espacios digitales que mantuvieran viva la expresión cinematográfica como medio de entretenimiento, crítica y expresión humana, e incluso en las reestructuraciones administrativas y operativas que empresas de distribución y exhibición tuvieron que recurrir para mantener la estabilidad y perdurabilidad de la industria antes de siquiera llegar a pensar en la reactivación comercial. Un variado cúmulo de acciones que evocan, con igual preponderancia, la persistencia.

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