ADN corrompido

REINALDO CHACÓN

Tal vez era utópico esperanzarse con la última entrega de la saga (esperemos cumplan con su promesa) cargándola de las aspiraciones de vivenciar un culmen épico. Ese tráiler que mostró a los 3 personajes más míticos de la saga jurásica, favoreció esta perspectiva en viejos y nuevos seguidores. Sin embargo, el peso heredado de la debacle fue imposible de sopesar. Incluso, su caída ha sido tan estrepitosa, que se ha fosilizado apenas ha sido proyectada en la pantalla.

Jurassic World: Dominion (2022) es el film de la saga que más se aleja del concepto que emergió en 1993 y sus diversas transformaciones. Las 5 anteriores entregas manejaron un territorio alejado como ubicación ideal para encapsular los conflictos de vivir junto con seres prehistóricos. Incluso, desde la novela del autor Michael Crichton, este simple precepto estaba claro: cargar de verosimilitud una historia que bascularía entre la genética y el terror del monstruo. Su intento por llevarla a coquetear con las premisas de Godzilla o King Kong, particularmente en The Lost World: Jurassic Park (1997) tuvo la sensatez de utilizar únicamente a uno de estos seres dentro de nuestro mundo real, surfeando un poco con el rango de credibilidad (no es gratis que esta segunda película mantenga la mayor cantidad del metraje en la isla Sorna y no es las calles de San Diego) Dicho precepto, fue piedra angular en el intento por revivir la saga en las entregas de 2015 y 2018. Pero el morbo sedujo a la racionalidad. La necesidad de confluir nuestro mundo con esta época extinta, sucumbió en el diseño de premisas irracionales y falsas: dinosaurios pastando en ranchos de ganadería, trotando junto con caballos, siendo presas de tigres, nadando entre ballenas, caminando junto con elefantes, entre otras imaginaciones que desvirtuaron el argumento inicial de aislar seres vivos que, en palabras del personaje de Ellie Sattler en la sala de presentación del Centro de Visitantes del Parque Jurásico: “no entienden en que siglo están y se defenderán violentamente si es necesario”.

Luego, está el género cinematográfico. La sutil diferencia que existe entre los géneros de acción y aventura (para mucho académicos no existe tal separación) podría no ser, a nivel macro, un argumento sustancial que valore el grado de pérdida de las características originarias de la saga. Sin embargo, si colocamos la lupa sobre los personajes, es posible que encontremos un punto de referencia para esta significativa transformación. A pesar de estar presentes en todas las películas expertos en armamentos, equipamiento y entrenamiento militar, ninguno de los personajes principales tuvo ese valor agregado. Las situaciones de supervivencia en la aventura, obligan a exteriorizar, de forma torpe y fallida, la expresión de estas características en los personajes, mostrando eventos de acción más extraordinarios que gloriosos. Sin embargo, en este último film, hubo más de James Bond e Ethan Hunt que de científicos o gerente de operaciones. Por ejemplo, Claire Dearing adquirió habilidades inesperadas luego de ser fundadora del Grupo de Protección de Dinosaurios, demostrando dotes físicos increíbles en la persecución provocada por la perturbación en el mercado negro de dinosaurios en Malta. O la imprevista vida pasada de Barry Sembène, como ex miembro de la Armada Francesa, ahora agente de campo de la CIA, y de Flanklin Webb, que de analista de sistemas informáticos pasa a activista defensor por los derechos de los animales, hasta terminar como otro agente de la CIA. Y con ellos, la agregación de personajes como Kayla Watts (piloto del avión que lleva a Owen y Claire a la reserva jurásica de Biosyn, único pretexto para su existencia en la historia) o Soyona Santos (su aparición solamente tiene explicación en esta necesidad de incorporar la acción de persecusión) personajes característicos del mundo del espionaje y terrorismo, universos muy alejados de la temática de la saga. Una clara manifestación de hibridar géneros como mecanismo para atraer y llenar las butacas de la sala.

Y finalmente, la perturbación de los 3 personajes icónicos ¿Tiene sentido que Ian Malcolm, matemático especializado en el caos, famoso por su argumento: “Si algo nos ha ensañado la historia de la evolución, es que la vida no puede contenerse. La vida se libera y extiende a nuevos territorios. Rompe las barreras. Peligrosa y hasta dolorosamente […] La vida se abre camino”, esté colaborando laboralmente con una empresa que busca controlar la vida de estos seres prehistóricos? ¿Ellie Sattler es la primera opción a contactar por la aparición de la especie extinta de langosta, a pesar de su desapego con las extensiones que dejó la empresa Ingen y su experimento genético, además de ser paleobotánica, la cual no estudia fósiles animales sino de vegetales en ambientes antiguos? ¿Es suficiente detonante para el personaje Alan Grant, quien ya vivió una segunda, peligrosa y traumática experiencia jurásica, que llegue su amor del pasado y le pida ayuda a una inequívoca tercera situación similar? La crítica no se ensaña en la aparición de ellos en la historia, sino de las razones por las cuales la historia los requiere. Su desempeño dentro de ella no los tiene como partes vinculantes con la nueva generación, solamente una obligada necesidad de ser parte del cierre como los héroes añorados en la saga. El parecido con Star Wars es solamente imaginario.

Pero, cuando creíamos que ya no habría más anomalías genéticas para esta historia, aparece un olvidado antagonista de la primera película: Lewis Dodgson, ese que aparece con sombrero, ropa hawaiana y una maleta llena de dinero para comprar la traición de Nedry. A pesar de ser un personaje de peso en la segunda novela de Crichton con su empresa BioSyn (es él quien envía la expedición para robar huevos de dinosaurios a la isla Sorna y no Peter Ludlow) en el universo cinematográfico no tuvo dicha importancia. Su contribución existió únicamente como móvil para que el verdadero traidor se motivara y desatara el conflicto. Esta divergencia entre discursos, afecta significativamente en la decisión de incorporarlo en esta entrega. Sin  importar la nostálgica que genera la aparición de la lata de crema que usó Nedry para transportar los huevos (no se entiende su obtención luego de quedar enterrada en la isla Nublar en cualquier parte de su geografía) o la inexplicable necesidad que tiene Malcolm de señalarlo mientras pronuncia su apellido, no desvarían la innecesaria obligación de tenerlo como el máximo antagonista. Dentro del universo cinematográfico de esta saga, no hay argumentos que lo diseñen como un importante villano cargado de venganza y ambición. Un invento nostálgico errado.

Tal vez, el principal villano, que en realidad nunca lo fue, es el genetista evolutivo Henry Wu. Su obligada transformación en Jurassic World (2015) le otorgó un carácter malvado que pudo haber sido verosímil a pesar de su apariencia inexistente de ambición en 1993. Es el personaje que más se le acerca a las intenciones discursivas de la novela de Crichton (aunque este tampoco lo utilizó para este fin, pues incluso decide matarlo junto con sus ideales genéticas) que se potencian cuando el parque se hace realidad y se abre al público, colocando la visión científica como la promotora de la maliciosa perspectiva del poder económico y militar, pilares del discurso de la novela. Sin embargo, sucumbiendo a la era de lo políticamente correcto que invade a todas las historias del cine, este científico, quien, protegido por la poderosa familia Lockwood para continuar con sus ilegales investigaciones de la hibridación genética artificial, terminó por arrepentirse de su “mala praxis”. En primer lugar ¿es más creíble la escogencia de este científico transformado como villano, con un discurso que se fue solidificando en las últimas entregas, o la aparición de un nostálgico e inesperado ser, Dodgson, que no tiene cabida en este universo cinematográfico? Y, en segundo lugar, si se diseña a Wu para ser la expresión de la maldad en el uso indebido de la visión genetista ¿cuál es la necesidad de inventarle argumentos en favor del remordimiento cuando la línea crítica de este discurso es plasmar lo delicado de la práctica en esta rama científica?

Lamentablemente, todo lo que este último film plasma corrompe en absoluto su génesis. Nada se salva. Incluso las magníficas melodías compuestas por Michael Giacchino (utilizar la composición del mítico John Williams como base para un discurso propio, y salir con éxito, rompe cualquier esquema de reto) son un lastre en esta entrega. Si escuchas la banda sonora sola, sin las imágenes de la película, se sintetiza la intención de esta crítica: no hay nada que valga la pena comentar.

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