«Firestarter»: segundo intento fallido

REINALDO CHACÓN

Múltiples obras del célebre novelista de terror Stephen King han sido llevadas a la gran pantalla con éxitos y fracasos por igual. Siempre esperadas sus historias, el logro en la transformación de un formato a otro no ha conseguido una consecución que dicte una norma para obtener un producto audiovisual que coincida siempre con su verbo literario. Tan es así, que continúan reapareciendo remakes del films que, positiva o negativamente, intentan modificar el juicio de los críticos y espectadores en pro de extender la tambaleante disciplina artística de adaptar, pero una rentable, aunque debatible, formula de negocio cinematográfico.

Estos intentos han basculado por muchas variantes, desde adaptaciones literales del la obra, alteraciones y creaciones originales, e incluso la incorporación del autor como desarrollador del guion. Ninguna de estas fórmulas ha marcado la regla a seguir para obtener el éxito logrado o modificar el fracaso. Y es que, el sí consecuente problema que existe es el tratamiento de sus novelas sin adentrarse a discernir que encaja y que no en el discurso cinematográfico. Prevalece el pensamiento del negocio por encima de los requerimientos artísticos que, seguramente, en más de una ocasión, la respuesta más concurrida ha debido ser: no.

No obstante, a pesar de la descripción del panorama antes narrado, los ejecutivos con los derechos de la séptima novela del autor han decidido que debe volver al ruedo del negocio cinematográfico. Luego de su primer intento en 1984 y la secuela hecha para la televisión en 2002, la reviven para, al igual que con la cuarta adaptación realizada de Carrie en 2013, continuar exprimiendo otra de su más famosas y vendidas obras. En esta oportunidad, muy a diferencias de la de los años 80, Firestarter (2022) está realizada bajo cambios argumentales que favorecen la fluidez de las tramas al disminuir la complejidad discursiva y acortar el metraje del producto. Decisiones tan fallidas como las que tuvo en su momento la de Drew Barrymore, especialmente al mantener la literalidad de la novela.

Con su inicio atrapante, de parte de la adaptación desarrollada por el guionistas Scott Teems, escritor de Halloween Kills (2021) que parte de una muy bien lograda secuencia collage que condensa el gigantesco contexto realizado por el novelista, va construyendo con un lenguaje cinematográfico que empieza a sumar puntos con respecto a su antecesora. La puntualidad y concreción de los eventos, sin caer en la descripción excesiva de la del 84, fomentó una solidez en el ritmo narrativo en favor de los personajes y sus conflictos. Sin embargo, todo empieza a tambalearse cuando se pierde el rumbo de la historia original y se incorporan decisiones argumentales que empiezan a extinguir las tenues llamaradas atrayentes de la invención de Teems. El detalle no incurre en realizar incorporaciones, si no en perder la esencia de los personajes de la misma, especialmente con el villano John Rainbird. Este asesino a sueldo, veterano de Vietnam y Cherokee, cambia su intriga y obsesión de usar los poderes de Charlie, por un asesino con poderes, pues en esta entrega él participó en los experimentos del “lote seis”, que termina por adoptar a la niña (inexplicable empatía) en un final obligadamente inconcluso que quema las necesidades dramáticas de estos dos seres, quienes, al converger, dejan huérfanos sus conflictos iniciales de justicia y obsesión. Un balde de agua fría que apaga el ya errático explosivo final ideado por el guionista.

Los actores también ayudan trayendo más leña a esta fogata colectiva. Sus interpretaciones rayan en la cursilería donde la intriga y desesperación son los fundamentos de la historia. Siendo la persecución el evento constante del trayecto narrativo, los sentimientos de temor, desorientación, desesperanza, son transformados tan fácil y rápidamente en alegría, gozo, compañía, que parecen falsos. Las dinámicas en las conversaciones, donde el director y editor tienen un importante valor en la cuenta negativa de este film, tienen una velocidad tal, que el espacio de pensamiento humano para el razonamiento de una respuesta, no existe. Robots que reaccionan a situaciones preestablecidas por un algoritmo que conoce todas las posibles salidas. Achicharradas las emociones humanas.

Pero, aunque parezca imposible, de entre las cenizas de esta obra hay algo que destacar. La banda sonora. Compuesta por la tripleta Daniel A. Davies, John Carpenter y Cody Carpenter, padre e hijo, configuran un score potente y referente del cual siempre adoleció la entrega de los 80. Constructor de atmósferas urdidoras en las irreprimibles pesadillas humanas, el longevo Carpenter se alinea con los responsables de la banda sonora de la última entrega de Halloween. Manejando los mismos códigos y estructuras melódicas, marcan una dinámica musical que nutre los fundamentos de la novela en los débiles personajes del film, equilibrando así el chamuscado discurso visual. Esto, lamentablemente, nos permite concluir que la banda sonora es lo único que motiva continuar en el asiento viendo esta película, pues da igual disfrutarla con los ojos cerrados.

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