Los 80 a toda potencia

REINALDO CHACÓN

Si quisiéramos condensar en una sola palabra el film Top Gun (1986) la que más le encaja sería testosterona. Esta hormona está presente en todo momento del metraje. Las subtramas la usan como célula narrativa, incluso por encima de su contenido argumental. No hay vuelo, ya sea de entrenamiento o bajo ataque, sin que ella esté presente. No hay salón de clase, en proceso de educación o información de una misión, donde sea el centro de las miradas. El bar está en constantemente exposición a esta hormona, al igual que la cancha de voleibol. Y qué decir del ascensor o la casa donde los encuentros íntimos con la instructora se colmaron de ella. Es un film que, marcado por las grandes escenas de acción de los F-14 y su romántico tema musical, no posee un discurso cargado de conflictos atractivos. Sin embargo, no dejó de ser un ícono referencial de la juventud de los 80. La conexión femenina con su protagonista se pudo palpar en cada uno de esos cuadernos de las quinceañeras forrados con el poster oficial. Mismo tema con los muchachos, por el considerable aumento del número de solicitudes que se efectuaron para entrar en la aviación de los Estados Unidos. Variables que justifican la sencillez y eficacia de la película: patriotismo en conjunto con sexapil. Son de esos íconos culturales que, en palabras de Roger Ebert: “son difíciles de criticar, porque las partes buenas son tan seductoras que las partes malas son implacables”.

En el momento en que se habló de una secuela, tres reacciones fueron patentes: la nostalgia de los fans, la incredulidad de los críticos, y la ignorancia de la generación actual. Un panorama que colocaba las proyecciones de la película en una cuerda muy delgada. Hostilidad que se debe agradecer porque Top Gun: Maverick (2022) transformó la ignorancia en entusiasmo, la incredulidad en aplausos, y la nostalgia en más nostalgia. El producto comercial bien empaquetado se llenó de contenido.

La testosterona no deja de estar en la pantalla, pero esta vez no embadurna. El trabajo realizado por los guionistas Jim Cash y Jack Epps Jr., demuestra que indagaron en los conflictos de Maverick, aprovechando los valores que quedaron de la anterior entrega y nutriendo el film de lo que adoleció en el 86, las subtramas. Hincharon la historia con diversidad de cargas emocionales que se convirtieron en necesidades dramáticas: la culpa del pasado, la responsabilidad del instructor empático, la madurez de la rebeldía sin sentido con la autoridad, la crítica a la falta de visión de esa autoridad, la familia como eje de la madurez, el aprendizaje de actividades fuera del hábito militar, deportivo o machista, abrieron el abanico de un drama que esta vez sí consiguió una pista de despegue y aterrizaje cargado de información.

Pero, la carga más emblemática de este film yace en su estilismo. El director Joseph Kosinski (Tron: El Legado (2010) y Oblivion (2013)) mantuvo la característica esencial del género de acción de los 80. Si se estudian algunos títulos de esos años, Duro de matar (1988), Aliens: El Regreso (1986), Depredador (1897), Rambo (1982), Arma Mortal (1987), Mad Max (1979), por mencionar algunos, se puede notar que la carga discursiva no se encuentra en la construcción de escenas complejas y constantes de acción, visión del género en la actualidad, sino en la transformación de su héroe. En el grueso del metraje se descubren las debilidades del protagonista, resaltando sus fracasos por encima de sus logros. Aunado a ello, los retos que emergen, en su mayoría, no serán resueltos por su habilidad física sino por su transformación emocional, engrandeciéndolos hasta tal punto que lo heroico evolucione en épico.

Kosinski y Tom Cruise, -siendo también uno de los productores del film-, aplacaron la testosterona con proezas morales. Elevaron el discurso y demostraron que los 80 siguen rigiendo con fuerza como período emblemático de las películas de acción. Esta mirada en retroceso, continúa subrayando el sano ejercicio que tiene este arte de aprender de su pasado, embadurnándose de estilismos que estigmatizamos de caducados. Dar una vuelta de tuerca para transformar lo “anticuado” en un efecto dominó que afecte lo comercial y lo artístico.

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