¿Libertad con prejuicio?

REINALDO CHACÓN

La homosexualidad es una condición humana tan longeva como el tamaño de su prejuicio social. Incluso, la falsa creencia sobre épocas antiguas con libertades sexuales (en la antigua Grecia, a pesar de estar bien vista la relación amorosa entre un adulto y un púber, por el interés que el primero le proporcionaría en su educación, la relación entre dos personas de la misma edad tenía una connotación irracional) han minado una errónea construcción psíquica y social sobre orientación sexual, que no deja de tergiversarse constantemente a medida que nuevas perspectivas emergen en nuestro dinamismo evolutivo cerebral y emocional. El temor que ha infundado en las mayorías heterosexuales, ha marcado su condena desde su origen biológico, psicológico o sociocultural. Uno que llega a penalizar su existencia y libre ejecución, así como también a condenar su desmesurada expresión libertina luego de tantos siglos de opresión y exclusión. En ese contexto es que se desarrolla el film del austriaco Sebastian Meise, Great Freedom (2021) el cual narra una historia real sobre tres momentos de un homosexual, Hans Hoffmann, en la Alemania de la posguerra. Bajo el mandato del artículo 175 del código penal alemán, que encarcelaba a quienes cometían relaciones homosexuales, Hans estuvo detrás de las rejas en 1945, 1957 y 1969. A causa de la sistemática represión a la que fue sometido por la “democracia alemana”, su deseo de libertad fue perdiendo su naturalidad. Su única relación humana, sentimental, la entablaría con un convicto heterosexual, Viktor. Lo que comenzaría como un rechazo, llegará a convertirse en amor.

La potencia inmersa en la premisa de esta historia, posee un argumento lo suficientemente sólido como para diseñar una estructura narrativa que consiga la empatía con el personaje y su condición, que mezclándolo con en el transcurso del tiempo y la transformación de esa ley, en consonancia con la sociedad, obtenga la manifestación de las diferentes etapas represivas que permitan enfatizar la libertad. Incluso, su contexto histórico, pasando desde la Alemania nazi a la socialista, como estado satélite de la Unión Soviética, magnifica el concepto discursivo de búsqueda de libertad humana como tema nuclear. Sin embargo, a pesar de tener este paquete modelado y listo para distribuir, Meise toma la decisión de ir más allá. Toma la historia de un solo ser homosexual para narrar un todo. De este micro relato, construye un discurso que, metafórica y simbólicamente, condense la vida del homosexual en nuestra historia humana. Expandir toda una psique construida por siglos, enmarcada en el entrar y salir de la cárcel de un Hans que vive en una sociedad que sanciona su orientación sexual.

Habilidosamente, Meise desmiembra la historia para luego armarla, cual rompecabezas, en esta amplia dirección: primero identifica el contexto que debe simbolizar, la sociedad. De carácter represiva y excluyente, conducida bajo normas que visualmente parecen inviolables pero que terminan siendo corruptibles tanto por sus constructores como por sus ejecutantes. Que, a pesar del paso del tiempo, no cambie su estructura original, solo modernice su fachada incorporando avances para la comodidad de las operaciones humanas. Reduzca el tiempo en el aire libre, ese primordial para la vida, concibiendo el trabajo dentro de las mismas estructuras creadas para controlar y supervisar. En síntesis, tenemos la descripción de una cárcel en su concepto más amplio.

En segundo lugar, establece el transcurso del tiempo y sus transformaciones socioculturales usando del relato sus tres grandes momentos, ese hándicap que posee un contexto histórico estructurado en al esquema de opresión, progreso, libertad. Lo que falta es la evolución del pensamiento humano dentro de esas etapas. Para ello, Meise establece dos grandes pilares, Hans y Viktor. El primero, simbolizando la sociedad homosexual que viaja desde la inocencia del conocerse, o no, sin poder explorar para entenderse, pasando luego a la rebeldía de combatir, sufrir, hasta conseguir espacios y formas para sobrevivir sin perder su naturaleza, con el objeto de llegar a la madurez que valora el logro de la libertad como un nuevo espacio de exclusión y encasillamiento que derivará en el mismo vacío con el que inicio el viaje. Luego Viktor, que simboliza a la sociedad heterosexual. Pasando de la irritabilidad y homofobia carente de razones y argumentos, al entendimiento de la necesidad del otro como parte de la sociedad, hasta llegar a la compenetración de la aceptación que permea los antiguos argumentos y construye un entorno de inclusión sin prejuicios.

Y finalmente, hace falta una conclusión que intente describir el porqué de esta estructuración social, emocional, institucional y normativa que hemos construido para organizar lo que hemos definido como civilización. Meise lo diseña bajo dos discursos interrelacionados: la oscuridad y el silencio. Como medio de transición entre etapas, va subrayando su intención temática de lo que hemos conceptualizado como evolución humana: duda constante y perene. Un sinfín de incertidumbre que, una vez conseguido el objetivo de nuestros deseos, luchas, consignas, nos encontramos frente a un nuevo ecosistema al cual no estábamos preparados y nos confunde. Uno al que ya no pertenecemos y son las nuevas generaciones las que les tocará pasar por el mismo proceso que conseguirá el mismo resultado con nuevas formas y bajo nuevos esquemas. Un ciclo de nunca acabar en donde convergen intangibles que siempre dejamos fuera de la ecuación por no ser medibles en el logro resultadista: amor, compenetración, aceptación, empatía.

Este film, segunda ficción del director y sin duda su primera obra maestra, es un ejercicio de lo antónimo al minimalismo y reduccionismo. Meise expande, magistralmente, la historia de Hans, y grandilocuentemente nos manifiesta, en otro derrotero y contexto, lo que Victor Hugo formuló en su novela de Los Miserables: el objetivo no es cambiar el sistema para ajustarse a uno nuevo que también vendrá cargado de errores, ni tampoco categorizar a los buenos y los malos sin posibilidad de interrelacionarlos a todos dentro del mismo ecosistema. La consigna es entender que nuestras miserias individuales son las que debemos enfrentar. Todos las poseemos y son el reto que permitirá que el ciclo tome otro rumbo. Incluso, si debemos aceptar que no hay un ciclo diferente, comprender que todos tenemos el derecho a experimentar las mismas oportunidades de mover la rueda sin prejuicios que nos lo impidan a la dirección que lo deseamos. Ese es el único camino para conseguir la “gran” y “verdadera” libertad.

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