Una vida a color

REINALDO CHACÓN

Luego de dos años de su premiere el 4 de enero de 2020 en el Festival Internacional Palm Springs, en los Estados Unidos, finalmente los cines venezolanos pudieron pintarse de todos los colores y las formas que emanaron de la imaginación de Carlos Eduardo Cruz-Diez. Un evento cinematográfico que viaja desde la última inquietud artística de este cinetista en 2018, un año antes de morir, pasando por su nutrido pasado íntimo laboral, familiar, multicultural, que va construyendo una impresionante trayectoria a escala mundial, con el objeto de hilvanar las razones de esa necesidad expresiva que no consiguió concretar. Semilla que dejó en sus seres queridos, herederos de su reino cromático en movimiento, como una meta a volver realidad. Por ahora imposible, el mostrar el color libre sin fronteras que lo delimiten, pero un deseo que seguro tendrá el empeño en su concreción.

Free Color (2020) dirigida por Alberto Arvelo Mendoza, quien bascula entre la ficción y el documentalismo casi de forma simétrica en su filmografía (de sus 8 películas 3 son documentales) plantea un ejercicio cinético en todo momento. Acorde con el discurso de Cruz-Diez, el film es un tránsito constante en evolución de color. Un ejercicio visual que va incrementando el asombro que deja la imaginación ilimitada del cinetista, pasando por las etapas de maduración expresiva que emergieron en su constante hacer. Por ello, el espacio para comprender el concepto básico y cíclico de sus obras no requería de un amplio uso del metraje, sin embargo, la diversidad de formas que construyó para expresarlo, prolonga, casi de manera inagotable, el contexto argumentativo de los subtemas donde la palabra sería la protagonista.

Sin conducción al estilo de entrevistador, o manejando una estructura cronológica clásica, este documental tiene como enfoque arropar todo lo que envolvió al artista en su último conflicto artístico. Y es que, en palabras de propio Cruz-Diez, no hay nada en su expresión que esté desvinculada de su familia y raíces. Es un sólo eje que se mueve en conjunto y le permite encontrar sostén, seguridad, motivación, interés, alegría, espacio, movimiento, color. Una gran empresa familiar, fomentada desde sus inicios en el primer taller que tuvo en Venezuela, continuamente nutrida en la emigración a París, y reflejo de 3 generaciones dedicadas y comprometidas con la visión de un abuelo inspirador. Un concepto que Arvelo consigue expresar, visual y gráficamente, conducido por el enunciado de esa inquietud final: expresar el color en su forma natural, libre, sin delimitaciones de espacio que lo contengan, con la cualidad de aparecer y desaparecer en el espacio bajo el dictamen del comportamiento incontrolable de la luz. Figurativamente, es que una esfera (superficie geométrica sin delimitación fronteriza, formada por el conjunto de todos los puntos equidistantes a su centro) de luz se manifieste, dejando ver en su interior el color en constante evolución de tonalidades, saturaciones, vivacidades, escalas, texturas. Síntesis visual de una vida, de una obra, del documental.

No obstante, la impecable conexión de este discurso verbal y visual tiene un lunar: la banda sonora. En la melancolía contextual del recuerdo, enalteciéndole como una figura referencial de nuestra idiosincrasia, las melodías de los primeros temas poseen una carga emocional acorde a la promulgación de títulos y desarrollos. Sin embargo, queda estática y fija en este estado a medida que el documental va tomando madurez, generando que las dinámicas se disocien con las atmósferas que van emergiendo, concibiendo un tono en desequilibrio con la alegría y jocosidad que se va expresando del artista. Una música sin transformación, sin conjunción con la palabra y la imagen, volviendo la narración espesa y densa, provocando que los 70 minutos de metraje tomen un carácter redundante que va haciendo peso a medida que avanzamos.

Emotivo por demás, es una alegría inmensa que este trabajo se haya podido concretar y conseguido espacio en la exhibición nacional. Se vuelve un ejercicio de compromiso entre productoras, distribuidoras y exhibidores, el continuar desarrollando, distribuyendo y proyectando obras que resalten y subrayen figuras, épocas y momentos que nos hagan reflexionar sobre el país que fuimos, somos y podemos llegar a ser. Obras que reflejan lo que de nuestra sociedad ha emergido, llenándose de esa responsabilidad inspiradora de empeñarse en recalcar ese concepto que debemos recuperar: el sentido de pertenencia. Y que mejor forma de nutrirlo cuando las dos palabas que conforman el título de esta obra convergen, no en su traducción literal pero sí discursiva, en un significado apropiado para nuestro presente: Libertad de color.

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