«Un cielo tan turbio»: En el reino de las sensaciones

Álvaro Fernández Pulpeiro narra su tránsito por la penumbra en UN CIELO TAN TURBIO (Imágenes cortesía de BEGIN AGAIN FILMS)

ROBERT ANDRÉS GÓMEZ

Álvaro Fernández Pulpeiro resume no uno, sino muchos continentes. Su ADN creativo, alma y corazón han sido alimentados por un derrotero que le ha llevado desde muy temprano de su Galicia natal a Canadá, al nordeste brasileño, Inglaterra, Australia, Colombia, Europa y de nuevo a América. De aquél pequeño gallego de entonces, quedan los lazos familiares y un acento que se cuela en su español. Director de cine y creador, Fernández Pulpeiro muestra en España su segundo largometraje: Un cielo tan turbio (2021), un viaje a la nocturnidad y a la penumbra que nace en Venezuela. En el film resuenan las palabras de Vicente Gerbasi (poeta venezolano, Canoabo 1913-1992) hechas verso: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos..” un viaje sonoro que bien podría formar parte de aquel viaje al borde de la luz, al borde de la frontera, al borde del sentimiento.

Un cielo tan turbio es un documental, pero es más que eso. ¿Un ensayo? ¿Un poema? ¿Un no lugar?

“Le llamamos documental por una cuestión práctica y comercial. Para poder llegar a un mercado que piensa solamente en binario”, dice. Un cielo tan turbio nace de la tierra seca. Dentro de un entorno precario no se puede estructurar una producción de ficción con presupuestos decentes. El documental es la forma que te permite relacionarte con todo aquello, pero con una inmediatez que no necesita una infraestructura de producción considerable. En mi caso, por otro lado, Nocturno -su ópera prima: Nocturno: Ghosts of the Sea in Port, 2017- como Un cielo tan turbio son dos películas hermanas, desde cómo las hicimos y desde qué punto las hicimos. También queríamos hacer películas desde la libertad absoluta, sin restricciones de identidad nacional, de producción, dramáticas y sobre todo sin restricciones de forma. Así, para mí estas son películas fronterizas. Son películas que no tienen nacionalidad y son películas cuya forma también están explorando los límites de lo que significa documentar, los límites de lo que significa negociar con todo aquello que es real, con todo aquello que te supera en el contexto de lo real, a todo aquello que en algún momento te ha parecido abstracto y anárquico”.

El joven realizador describe un camino del cuál emergen sus pulsiones y describen el lugar desde el cuál nace una propuesta que huye de una categorización más canónica. “Desde allí nace más que una historia lo que yo pienso que es un sentimiento. Yo creo que es muy lindo cuando el Cine hace esto: no contar historias. Yo no me llevo historias de las películas, lo que me llevo del cine son sensaciones. Y en esta película quería llevar eso al extremo. Donde la audiencia no pudiera agarrarse a algún tipo de desarrollo o arco prosaico, un arco narrativo que se desarrollase a través de personajes. Que también hay una política dentro de esta película, que no sé si la crítica lo aprecia, porque quizás se deja impresionar por la imagen, pero a mi me parece interesante la negación que tiene el tejido de la película, a desarrollar líneas argumentales a través de personajes. Es decir, a reducir sujetos en personajes para crear una identificación con la audiencia. A mí me parecía interesante la posibilidad de crear una obra de 90 minutos donde no pudieras agarrarte a nada, sólo al movimiento que la película propone”.

LA FRONTERA ESPIRITUAL

Ese movimiento marca un desplazamiento a través de la frontera venezolana y a sus bordes terrestres frente al Mar Caribe; y también desde La Goajira entre Colombia y Venezuela o la línea entre Brasil y Venezuela. En ese recorrido, los seres humanos viven sus vidas más allá del margen de quien los observa.

“Las personas que habitan la película se rehúsan a ser transformadas en personajes. Se rehúsan a la identificación. En otro tipo de películas de corte documental, por poner un ejemplo, en una película de Gianfranco Rosi –Nocturno, 2020-, tienes al niño más bonito de la aldea que te va creando un camino alrededor de las situaciones y te va llevando a anécdotas diferentes. Pero aquí no tienen ningún guía conductor, más allá del propio tejido cinematográfico que es lo que a mí me interesa. No te puedes agarrar a ningún tipo de identificación que es de lo que come Occidente. La cultura occidental, sobre todo la europea, necesita identificarse para alcanzar esa catarsis que le exculpe de sus cargos de conciencia. Por eso la porno miseria y el realismo social sudamericano funciona muy bien en Francia. Eso es lo que quiero combatir, porque sé de donde viene. Porque tengo esas mismas pulsiones como una persona de raíz occidental, pero de crianza extranjera. Hacen eso mucho a veces cínicamente, para gustar pero no se atreven a radicalizar su forma para desentonar y para crear puntos de quiebre con esa audiencia occidental que te consume y te reduce simplemente a un realismo social autocomplaciente”.

“Esa construcción distópica universal es la que me interesa. No la distopia o penuria de Venezuela. Me interesa retratar una condición fronteriza. Cómo se siente habitar la frontera a nivel espiritual. No militante, ni discursiva. Cómo se siente debajo de la piel habitar una condición de orfandad estatal. Me interesan los personajes que no son súbditos de un Estado, sino que existen para bien o para mal dentro de una indefinción y esa condición hipermoderna para mí, a dónde te conduce. Ese nivel de globalismo frágil y potente de ser un Juan sin Tierra. El hombre no es el árbol y la tierra no es la Patria».

“Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares…”

Así comienza el poema de Gerbasi; así fluye a su manera y con sus búsquedas Un cielo tan turbio, encontrando su propia forma. Sus propias imágenes.

“Un cielo tan turbio es una película que funciona como un poema de medianoche, pero no de manera pomposa. Cuando la película se vuelve pomposa, cae al suelo directamente. Cuando le metemos el angular básicamente a las manos de un niño llenando recipientes de gasolina, intentamos bajar esa pomposidad; porque también hay muchos vicios. Los vicios de una persona de veintitantos que está intentando encontrar un lenguaje y fracasar en ello. Creo que directores de mi edad y un poco mayores no se dan la oportunidad de intentar el riesgo dentro de cada imagen, ni siquiera de buscar el ridículo. A veces buscar pulsiones bombásticas, postadolescentes, te permiten buscar los límites de esa pulsión. En mi caso no tenía obligaciones, de contentar a nadie. Entonces hicimos lo que quisimos y cuando quisimos, con los límites dados por el tiempo, el contexto y el dinero. No era esta una película rural. Nuestras limitaciones eran a nivel extremo”.

Gran parte de esos límites, como ya lo ha apuntado, vienen servidos por el paisaje que clava el film. Un paisaje que para el Fernández-Pulpeiro parte de los propios lazos sanguíneos (parte de su familia vive en el país); pero que dibujan también su geografía personal.

“Venezuela en el sentido petrolero, desde el tejido industrial de Zulia y Falcón, es mi paisaje. Cuando lo vi supe que yo había nacido allí. Aparte hay vínculos más familiares y personales porque parte de mi familia vive allí. El caso es que a mí me interesaba a nivel casi onírico, de una Venezuela como parte del sueño de un futuro que aquí -Europa-, aun no se ha vivido. Para mí es una película que se asemeja más a la Ciencia Ficción que a un documental al uso. Una película que sin darme cuenta, me lleva a querer hacer una película desde el punto de vista de un alien. De alguien tan ajeno que anhela tocar y ser tocado. Entonces comienzo a construir eso, pero en medio hay muchos años de investigación y de terapia de shock con realidades que me superaban por completo. Cualquier necesidad creativa que tuviera debía ser adaptada o negociada de manera extrema con todo aquello que me precedía. Con todo aquello que era ajeno a mi deseo creativo, a mi deseo como director que no significa nada. Se aprendió a crear una dinámica una necesidad de coreografiar cómo y desde dónde hacer la película”.

Durante cuatro años, se gestó el desarrollo, escritura y producción del film. Una idea que como suele ocurrir parte de un lugar para ir transformándose de a poco sea por la maduración y reflexión de la misma. Sea por la constatación que devuelve el propio terreno y sujeto del rodaje. Cuenta el director que debió realizar diversos viajes a través de la frontera zuliana, al corazón de la ciudad de Maracaibo, a Sinamaica y Paraguaipoa. Realizar rodajes cortos y raudos y por supuesto, con un equipo atomizado donde la cámara y el trípode eran claves y casi la única compañía.

 “Todo empieza en mayo de 2018 cuando viajaba por La Guajira y entro por primera vez en contacto con los contrabandistas de gasolina, quienes entonces no me interesaban tanto, pero sí el concepto de contrabandear gasolina y no cocaína. Luego fue recrudeciendo la crisis, -política y económica del país-, cuando estos sujetos, piratas se vuelven agentes geopolíticos. Se vuelven un mecanismo para evadir un bloqueo a Petroleos de Venezuela. Se vuelven mercenarios o agentes más subversivos en un contexto político más amplio.

“Se nota mucho en la carretera hacia la frontera. Es la cosa mas banal, mas grande. Y allí fue donde cambió el rodaje. En la frontera -entre Brasil y Venezuela-, no pasaba absolutamente nada. No era Cúcuta. Era tan aburrido como un pueblo en Galicia. Comenzamos a definir un lenguaje y a trabajar situaciones. Allí comenzamos a hacer Cine. Antes de ello estábamos retratando, documentando. Pero el Cine, creo, comienza cuando la realidad no te da lo que tú pensabas que te debía ofrecer y es entonces cuando comienza la creación cinematográfica”.

“Fueron rodajes muy cortos, pero muy intensos y sobre todo de preproducciones muy largas. No es una película con presupuesto. El presupuesto venía de trabajos personales y sólo teníamos una cámara y un trípode. Lo más difícil fue rodar en Maracaibo y Punto Fijo. Fue endemoniado.  Pasamos año y medio planeando cómo pasar los equipos y con quién trabajar allí. Todavía más en el auge de la crisis en 2019, con dos gobiernos paralelos.

“Son zonas duras. Recorrimos 8 horas hasta Amuay -el complejo refinador al Norte de Venezuela, en la Península de Paraguaná-, para grabar un único plano con las aves sobrevolando el lugar. Cuando vez esa refinería es como ver las prámides de Egipto”.

Producido por Laura Solano y el propio Fernández Pulpeiro y contando con la cinematografía de Mauricio Reyes Serrano, la labor de edición con Martín Amézaga, el diseño sonoro de Tomas Blazukas y el respaldo en el campo de la productora venezolana Merlin González; el proyecto acabó tomando forma.

UN DOGMA PARA LA IMAGEN

Gran parte de esa forma viene marcada por el diseño de la imagen, que no es un ejercicio a la ligera.

“Me interesa exclusivamente la cinematografía digital, exclusivamente desde el hardware, no desde el software. Algo que no se explora para nada hoy en día. Por otro lado, fue junto al director de foto -Reyes Serrano-,  comenzamos a diseñar este dogma. Un dogma y manifiesto para conseguir una continuidad narrativa entre espacios y territorios que son muy diferentes el uno del otro. La condición fue crear un solapamiento narrativo, no estético, que nos llevara de un paisaje a otro a través del cielo. La otra razón fue apelar a la ausencia del sol. Cuando no hay sol no hay sombra. Cuando no hay sombra no hay tiempo. Propiciar la creación de este limbo, de un lugar opresivo, pero al mismo tiempo, al nadie tener sombra, pueden mimetizarse con la ambigüedad de la penumbra. Ni la noche ni el día, sino la penumbra. No te identifica ni te define. Y contar una historia sin basarnos en los conceptos de guion y actos, algo que con los años espero sea reconocida ese tipo de elementos que son mas irreverentes. Al no ser una película explícitamente radical, muy net-art o post-internet, hay mucha elegancia, pero también mucha adolescencia dentro de esa elegancia. Pero a mí me interesa eso, que se vaya desmembrado y se vaya entendiendo el tejido de la película que aquí, las personas que entran y salen de cámara no sabes de dónde vienen ni a dónde van. Estás absolutamente sólo habitando una sensación más que el espacio de una historia”.

Tras Un cielo tan turbio el director y guionista prepara su primer largometraje de ficción que también abrazará la geografía venezolana. Aún queda, sin embargo, seguir con el proceso de exhibición del film, que por esta temporada viaja ahora por la geografía española.

“Tenemos una distribución muy buena. Luego estrenaremos en una plataforma para el verano. España no nos da de comer. Nos da de comer worldwide y europa. España no es muy amable para el arte.

“Hay salas que funcionan mucho mejor que otras. Si lo pones en un multicine, no funciona para nada. El concepto del cine después de la pandemia debe cambiar; y con ello también debe cambiar la arquitectura del propio cine (de las salas).  Ya no puedes ir al cine a comer palomitas y ver una película. Ahora Los cines tienen que ser un espacio “cool” con un trabajo de branding importante. La película es la excusa que genera la cultura. España no tiene cultura cinematográfica, pero no tiene cultura de cultura. No hay una base cultural a través de la educación ni de sus instituciones. No tenemos un Ministerio de Cultura sino de Cultura y Deportes y sabemos qué es lo que importa. La bandera de España es el Deporte.

“No hago películas para España, al igual que Albert Serra u Oliver Laxe. Los grandes directores en España tuvieron que irse. Soy español de pasaporte. No hablo castellano. Soy español y hablo español, no castellano. Entiendo el español como algo que trasciende fronteras. El Español es algo bello que brilla en  América y a mi me interesa América, no la península.

“Mi mujer es sudamericana. Me hice hombre en el Brasil negro. Paso desapercibido y ese es un superpoder. Ahora mismo preparo mi primera ficción en el contexto petrolero venezolano.  Es mi esperanza personal y esta película es una investigación, como si fuese la puesta a prueba de lo que debería venir”.

Mientras lo que está por venir en el universo de Fernández Pulpeiro, su viaje a la penumbra registra un universo sugerente que seguirá abrazando al espectador. Tanto como aquellos versos de Gerbasi.

Miradlas. Tan parecidas a vosotros.
¿Recordáis vuestro aposento,
vuestras oscuridades, vuestras monedas,
vuestras manos ensangrentadas?
Miradlas con sus frentes de frío y de tiniebla.
Bajo la noche.
Ellas nos esperan en el temblor de la sagrada sombra,
ante el que pasa indiferente al lado del mendigo.

UN CIELO TAN TURBIO (2021). Guion y dirección: Álvaro Fernández Pulpeiro. Producción: Laura Solano y Álvaro Fernández-Pulpeiro. Productores: Clive Paterson, José Pulpeiro, Víctor Paz Morandeira. Con la voz de Carlos Eduardo Meneses. Editor: Martín Amézaga. Cinematografía: Mauricio Reyes Serrano, Álvaro Fernández Pulpeiro. Diseño Sonoro: Tomas Blazuka. Música: Sergio Gutiérrez Zuluaga. Color: Vlad Barim et Cheat. Diseño Gráfico: Federica Aulenta, Federico Scudeler. DISTRIBUYE BEGIN AGAIN FILMS

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