Los giros del relato

ROBERT A. GÓMEZ

94 ediciones ha sumado el Óscar el pasado domingo 27 de marzo de 2022. Una fecha anunciada y un evento anhelado, tras dos largos años de vivir bajo el yugo de la Covid-19. Y un mes que avanzó bajo el sonido de las bombas que caían sobre Ucrania, destruyendo ciudades y vidas. Una edición casi centenaria que emergió entre los escombros de un tiempo dominado por los terremotos políticos. bélicos y sanitarios.

Aún así, pese a las sonrisas, el optimismo y la alegría de la alfombra roja que exhibieron las estrellas; un poco antes y casi de inmediato tras el inicio del espectáculo, la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood desafiaba su buena suerte. Primero dejando fuera de la transmisión del programa a ocho de las categorías y con ello a sus respectivos creadores y/o nominados. Todos ellos, sumados a aquellos que ya años antes fueron expulsados de esa gloria, de esa ovación: las estrellas merecedoras de un Óscar a toda su trayectoria. En esta ocasión: Samuel L. Jackson.

Acto seguido, las tres anfitrionas asomaron cuán afilado estaría su verbo. Una media intensidad, que sin embargo, generó poca gracia y pocos aciertos. El que menos, el entierro que de los Globos de Oro hizo Amy Schumer… Ya entonces y más aún al final, resonó aquella máxima tantas veces corroborada: «Cuando veas las bardas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo».

Si los días de esa ceremonia ilustre están contados o no, dependen más de la industria toda y de su capacidad para recuperar el prestigio de unos premios que en poco más de una década van dando tumbos sumergidos en dilemas extracinematográficos y en derivas políticamente correctas que arrinconan ya no sólo a las grandes películas, sino a las películas que mejor representarían los intereses de una agenda reconocible.

En esta oportunidad, si hubo alguna película que abogaba por la integración y visibilidad de más de un colectivo, pero todavía más, de una sociedad ahogada en sus torpezas, errores, contradicciones e injusticias, esa fue West Side Story de Steven Spielberg. Dicho sea de paso, una obra maestra que los votantes parecieron ver a medias y dejarla allí simplemente como un saludo a la bandera dedicada a uno de los más grandes directores de cine del mundo. Por mucho querer ver el arbol, el bosque ha ganado.

El terror generado por acosadores, misóginos, racistas, homófobos, violentos dentro de sus filas ha hecho tambalear a Hollywood. Intentando exorcizar sus demonios, el miedo a pagar una factura mayor, ha terminado por impactar en el enfoque de sus proyectos, en cancelar cualquier atisbo de sombra y también -faltaría más-, en sus galas y premios más relevantes. El resultado de esta paranoia ha terminado en una política de control de daños, que no necesariamente demuestra una asunción de los cambios exigidos; no obstante pretende responder a ellos de una manera torpe y errática.

El marketing de las estrellas lo ha entendido rápidamente. Se ha puesto por delante el valor de su representatividad dentro de los colectivos existentes, que su desempeño delante o detrás de la cámara. Con las películas no es muy diferente. Se valora el impacto que las películas puedan tener frente y a favor de la agenda que se ha impuesto ya no sólo en Hollywood, sino en el resto del globo. Los estudios también lo han captado y apuntalan aquellas películas -buenas o no-, que puedan tener éxito dentro de estos espacios que podrían apuntalar el prestigio y ganancias de su marca.

Así, las genuinas demandas que se reclaman, han terminado siendo engullidas por la poética de la forma, pero no del fondo. El relato manda, no así, necesariamente los cambios, que pueden terminar siendo la parte residual de un nuevo tiempo que comenzó con el #metoo.

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