Quebrantar el mito de Lady Di

REINALDO CHACÓN

Pablo Larraín es un creador subversivo. Artista de lo políticamente incorrecto. Su agrado por las historias que escudriñan el delicado mundo de la oscuridad del humano, han forjado un discurso que se centra en nuestra otra cara, esa que siempre está presente, que no nos gusta que nos recuerden por su incomoda e irritante presencia. Reflexiona, enfocando desde este universo lóbrego como poderoso motor, su tema predilecto: la humanidad. O al menos su visión de ella. Consigue expresarnos la belleza que hay en la tristeza, el aprendizaje que queda del dolor, la motivación que produce la exclusión, y la potencialidad que nuestros demonios inherentes nos aportan para nuestra existencia. A Pablo lo defino (atrevimiento de mi parte) como un director inverso, el “oscuroclaro”.

Con Spencer (2021) el derrotero es el mismo, y tal vez el más interesante. El tratamiento que se atrevió hacer para Lady Di, agrieta ese imaginario colectivo establecido desde los medios, “mitificadores” de su imagen pública y privada; y la sociedad fanática de la vida de la familia real, propagadores de chismes positivos, negativos, inventados y a veces ciertos. Desinteresado de la polémica, basó su expresión fílmica en un discurso poco conocido de este personaje: desconfianza personal, dudas, inseguridad, que recayeron en un ser desvinculado de la vida real pero obligado a insertase en ella. Es por ello que Pablo se atrevió y apostó por despojarse de su ambiente público, conocido por muchos, y otorgarle un espacio a su intimidad. Construyó una voz que reclamaba, en medio de la desesperación, la búsqueda de la libertad perdida cuando se elevó al nivel de los reyes de un país.

El film es un viaje que transita desde la oscuridad hacia la claridad. Desde la composición del plano, con ese lavado en niebla que tanto le gusta al director, que viene a dar en el clavo ante emociones de indecisión en la dirección del camino; el diseño de vestuario, transitando de lo apretado y formal de los vestidos programados para cada evento, hacia la liberación de ropa civil; el diseño de producción que basculó entre el deportivo negro (la oveja negra) y una casa que parece más un laberinto que un hogar, para terminar por escapar con la velocidad y rapidez de ese vehículo negro; hasta llegar a la música de Jonny Greenwood, en tal vez una de las composiciones más interesantes de su carrera cinematográfica, que va incrementando la tensión de Diana con la suma de instrumentos que van calando en melodías rígidas y unísonas, constructoras de una atmósfera irritantemente agobiante; Pablo nos sumerge en la transformación de una Lady Di desconocida a la compleja personalidad que edificó un carácter imborrable en la vida del mundo, especialmente de la familia real.

Después de Neruda (2016) y Jackie (2016) es esta obra, primer encargo en el universo del cine británico, donde su concepto ha calado a la perfección en la historia sobre un personaje famoso. Aunque es posible que se resistan a colocarla dentro de la temporada de premios, estamos presenciando el trabajo biográfico más maduro del director hasta la fecha. Narrado desde el minimalista evento de un fin de semana de navidad en la casa real de Windsor, se erupciona un abanico de emociones que quiebran la idealización que tiene el espectador sobre Lady Di, haciéndola frágil, manipulable y humana, elementos raíz que moldearon esa personalidad que, a pesar de las formas y el respeto, terminaron siendo la fortaleza de su figura en el mundo. Una obra de donde emerge una luz llena de demonios y oscuridades como motor esencial de su reflexión.

Y como cereza final del helado, podríamos decir, regodeándonos como latinoamericanos, que fue bajo la tutela de un chileno que Kristen Stewart, desde su irrupción en La habitación del pánico (2002) de David Fincher, no conseguía revelar el performance más sólido, dramático y emotivo de su carrera hasta que dio vida a la princesa de Gales.

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