Exceso de respeto

REINALDO CHACÓN

Las películas biográficas, ya sea que intenten contar una vida o un evento, tiene el gran reto de manejar las expectativas del conocimiento del espectador sobre la figura a narrar, que van desde el gran resentimiento que le pueden tener, hasta la fantasía ilusoria de donde colocamos a nuestros ídolos. El no satisfacer estas perspectivas se convierte en una hojilla de doble filo que corta profundamente a los creativos y al talento artístico del film. Y este verano, recién limada y lista para rebanar, ejecutó profusas heridas en Respect (2021) la cual narra la historia de la legendaria cantante Aretha Franklin desde su infancia hasta su fama internacional.

En clara tendencia ascendente, el film va tomando cuerpo a medida que avanza el metraje. Pero la pendiente es tan pequeña que el proceso se hace lento y tedioso. Los hits de la cantante son lo único que consigue elevar el ritmo y la emoción de una historia narrada de forma muy plana a pesar de su riqueza conflictiva. Pero aún así, vuelve a caer en un letargo discursivo que debe esperar a su gran final, sin duda es lo mejor del film, para conseguir elevar al personaje, darle profundidad y visión futurista a su vida que aún mantiene relevancia en el presente.

Aretha fue más que una cantante. Una mujer que tuvo que luchar frente a un status quo musical, de género, religioso, político, de derechos, que convirtió sus canciones en voz de protesta, sus éxitos en una franca rebelión de la industria machista y racista, consiguiendo ser una referencia que rompiera la barrera del tiempo y las culturas, como muchos artistas afroamericanos de la época. Sin embargo, el film no consigue sino hacer mención de esto. No se sumerge en los conflictos internos del porqué era su necesidad, más allá de su claro contexto, inmersa en los inherentes excesos de la fama y su desequilibrada vida familiar. Un cuadro que hace agua la boca por la cantidad de contenido a explorar, pero que se limita ante una visión efectista de maquina tocadiscos.

Incluso, su galardonada actriz protagonista no consigue llenar los zapatos actorales de su personaje. Musicalmente no tiene padrote (aunque a título personal era un reto muy por encima de su talento) que no consigue alinearse con sus dotes dramáticos. Tan plana como el guion, no ayuda a empatizar con el espectador los sufrimientos de un ser que no entendía el camino que recorría, en pleno éxito comercial, en medio de una identidad en construcción. Jennifer Hudson no logra ser el camaleón que se camufla. Siguió siendo la Effie White recatada.

Impecable en las puestas en escena musicales, el film duda mucho en su concepto dramático. La necesidad de abarcar gran parte de la historia del personaje, dejó muchos vacíos que fueron pesando a lo largo del metraje. Un bulto lleno de esperas conflictivas que afectaron tanto a la historia como a su protagonista. El exceso de respecto por el personaje no permitió la fluida construcción de la tragedia, esa que sin duda la enaltecería, especialmente por un final tan bien conseguido.

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