Descenso al éxito

El actor sueco Sverrir Gudnason interpreta al joven Willis (Lance Henriksen)

REINALDO CHACÓN

Cuando un actor decide incursionar en la dirección de un film, inclusive en la producción, el morbo del espectador crece aún más, no solamente por conocerle la cara y sentir que hay mas afinidad que con el nombre de algún director que decidió este rol desde los inicios de su carrera y nunca le hemos visto el rostro, sino porque el riesgo es mayor exactamente por el comentario anterior. Nos damos la licencia de ser más rudos y crueles en nuestras apreciaciones y críticas por el mero hecho de “conocerlos”. Aunado a ello, no podemos obviar el juicio de valor que hemos hecho de los actores como repetidores de decisiones artísticas que el equipo de producción realiza bajo un concepto y discurso desmenuzado por meses. Aunque los conocedores de la industria pueden argumentar que esto es un mero juicio superficial, detallando los valores que cada departamento posee para el logro de un film, el vulgo evalúa el éxito o fracaso de la película como única variable a medir.

Pienso que ambas tienen razón. La industria vive de números superfluos que aportan el éxito monetario de un film, otorgando lobby a los realizadores y ejecutores de la obra, así como también de las críticas académicamente más recias posibles que conceden estirpe y clase frente a los años venideros. Por tanto, bascular en ambos mundos, y posiblemente en muchos más que no menciono acá, especialmente en tu opera prima, es un riesgo elevado para cualquier personaje que desee salir al ruedo. Sea o no actor. Y Viggo Mortensen tomó esta decisión al dirigir su primer largometraje Falling (2020) que narra la historia de John Petersen, quien vive con su novio Eric y la hija adoptiva de ambos en el sur de California, cuando su padre Willis, un granjero tradicional y conservador de 80 años, decide viajar a Los Ángeles para quedarse en su casa mientras busca el lugar idóneo para jubilarse. Una vez todo juntos, dos mundos muy diferentes colisionan. Willis muestra señas de estar perdiendo la cordura, y su peculiar forma de ser, tan divertida como dañina para algunos miembros de la familia, saca a relucir heridas del pasado y de años de desconfianza entre sus allegados. 

La dirección tiene muy clara sus intenciones discursivas, diseñando plano y detalle a enfocar en pos del sentido argumentativo de la expresión de los diálogos, que en conjunto con la edición, construyen un ritmo muy particular que lleva al espectador a fluctuar entre varias etapas de tiempo que hilan un rompecabezas con instrucciones claras, sin atajos ni tampoco curvas sin sentidos. Aunque falta tensión para este tipo de films, especialmente en escenas diseñadas para irrumpir en la normalidad incómoda que ofrece el personaje de Willis (Lance Henriksen), la película navega libremente en su relato y crea eventos que sostienen esa falta de emoción que más de una vez hace falta.

Pero la buena dirección de Mortensen se edifica más allá del trabajo en la composición del plano. Sin duda que su enfoque fue principalmente en los actores, en especial en Lance Henriksen, que además de ser el que más brilla, posee el don de interpretar el personaje más encantador del film a pesar de su acosadora forma de pensar y hablar. Ese descenso hacia la demencia es un viaje que deleita, en medio del dolor, por su gran interpretación de un ser violento que no se atreve a más, no por cobarde únicamente sino por quedarse anclado en el temor y el sufrimiento de lo perdido. No obstante, esta capacidad para disfrutar de este personaje depende exclusivamente del papel de John, realizado por el propio Mortensen. La contención, calma, paciencia y finalmente su violenta explosión, esta sí peligrosa, es la virtud de un actor que entiende los ritmos del film para mostrar pocos síntomas de lo que era obvio que ocurriera. Saberse aguantar y aprovechar los pocos segundos para ejecutar la fuerza necesaria es de una madurez especial.

Probablemente no será una película que veremos en muchas nominaciones en los premios venideros, aunque argumentos de sobra posee, pero es una obra que debe quedarse con la satisfacción de un éxito que siembra la proyección de director, guionista y compositor musical que tiene mucho que ofrecer.

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