La herencia actoral inesperada de Simon Pegg

REINALDO CHACÓN

En una era tan globalizada, desarrollar ideas que creemos innovadoras es casi imposible. Sobre los hombros de la creación artística yacen muchos siglos de asentamientos conceptuales dentro de todas las disciplinas del arte. En el cine, que su exponencial crecimiento no permite adelantarse a las tantas propuestas creativas, ocurre muy seguido que lo expuesto en pantalla es un refrito de referencias dentro de la misma disciplina. Por tanto, la crítica de nuestra época, más allá de mantener la evaluación de estructuras y formas, necesita una visión un poco más detallada y tolerante ante esta revulsiva e inagotable producción de contenidos, especialmente para los trabajos que pudieron ser más.

Esto ocurre con Inheritance (2020) un Thriller de secuestro y difamación que ha sido narrado de muchas formas y con diferentes desenlaces a o largo de varias películas. Ese reto de encontrar aquello distintivo en la historia, su director Vaughn Stein (Terminal (2018)) lo empieza a incorporar con la basculación de géneros con que inicia su narración, construyendo una duda en el espectador que produce interés por descubrir dónde se encuentra y vislumbrar un futuro posible, acción que ayuda a mantenerlo en la silla. A ratos es drama, otras terror, zombies, Syfy, hasta que definitivamente cae en la psique. La interesante premisa se concreta en el momento en que aparece ese tesoro del film: Simon Pegg en su interpretación de Morgan Warner. A partir de allí, el film queda completamente dependiente de este personaje. La actuación, coloración, locaciones, música, quedan subyugados a ese claustrofóbico cuarto, y el guion, con una prejuiciosa razón, hay que decirlo, se enamora de haber encontrado el “elemento innovador”. Pegg sorprende por su versatilidad y capacidad camaleónica para desvanecer ese actor de comedia (creo que debe ser un canon el que un comediante sea siempre bueno para algo más que la risa) y aún cuando el final termina por ser la debacle del film, incluso en la entonación de la última frase del personaje mantiene esa capacidad de sorpresa que siempre construyó. Sin duda hay algo más en Pegg que debe seguir descubriéndose y dándole oportunidades de crecimiento.

El film daba para más. La atmosfera construida por Stein prometía de una perspectiva atrayente. Pero la obviedad de la resolución de conflictos, las anticipadas sorpresas capturadas por el espectador, y la falta de solidez en la personalidad de los otros personajes, incluyendo a Lauren Monroe, dejaron huérfano el film del balance edificado. A medida que el metraje avanza, las intenciones de misterio son más una lista de acciones que en un laberinto. Los clichés del género se convierten en ruidos que incomodan y perturban la ficción. Un concepto que se ancló en Morgan Warner y no encontró manera de levantar su contexto (imposible no recordar este efecto en Split (2016) de M. Night Shyamalan)

Sin embargo, Stein muestra un depurado uso del lenguaje cinematográfico. La construcción de símbolos en el discurso se le hace cómodo. La utilización de la cámara termina por ser más que una herramienta y la convierte en un traductor visual de lo que quiere que vea el espectador. Aún cuando no ha tenido buenas críticas en sus dos films, y la audiencia no queda completamente atraída, muestra señales de ser más que un “constructor de escenas estilizadas”. Yo propondría no perderle de vista, si cambia de guionistas.

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