“Serpientes en el jardín”, lo oscuro y lo grotesco

Escritor y guionista de Cine y TV, José Manuel Peláez presenta su nueva novela. Blueray, su personaje revela el romanticismo de un género que sigue siendo inagotable

ROBERT ANDRÉS GÓMEZ

José Manuel Peláez acredita no pocos títulos entre la novela, la pequeña y la gran pantalla. La telenovela le mantuvo ocupado no por poco tiempo, aún así ha sacado espacio para no abandonar géneros que le apasionan más allá del melodrama. El negro, con personajes al borde del abismo, de la pérdida e incluso el descalabro de su reputación. Cínicos, de pocas palabras y deambulando por escenarios dudosamente respetables, los protagonistas de Peláez también son personajes honestos. Para nada proclives a los espejismos personales y presos de un código ético que los convierte en seres al margen. SERPIENTES EN EL JARDÍN (2020) es su libro más reciente después de POR POCO LO LOGRO (Ediciones B, 2013) y de su regreso al cine con el guion del cortometraje EL GUARDIÁN EN EL ESPEJO (2019). En espera queda su guion MAGNICIDIO sobre el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud. En SERPIENTES EN EL JARDÍN Peláez abre la puerta a Raimundo Orozco, Blueray, un personaje que asoma un largo camino.

Raimundo Orozco, Blueray  es un personaje/especie en extinción. Necesario pero analógico (como el artefacto que le da su alias), un pez fuera de lugar.

Los personajes como Blueray son tan necesarios y, a la vez, tan prescindibles que parecen estar reservados para la ficción. Representan un ideal de honestidad, de verticalidad moral y de solidez que no encontramos en la realidad. Quizás Raymond Chandler haya definido mejor que nadie a los personajes tipo Blueray, los detectives de novela negra, en su ensayo “EL SIMPLE ARTE DE MATAR”:

 “Debe ser un hombre completo y un hombre común, y al mismo tiempo un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien trajinada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo y, por cierto, que sin decirlo”.

La supervivencia en la ficción, ya que no en la realidad, de personajes así, sólo se explica por una instintiva aspiración a que se puede construir un mundo mejor si existieran hombres mejores que no cedieran a los chantajes, ni a los sobornos, ni a miles de formas de la avaricia humana. Blueray y los que son como él mantienen viva la llama de un romanticismo que no es sólo del corazón, sino que es una aspiración a la trascendencia del espíritu por encima de lo palpable.

En cuanto a ser un pez fuera del agua, pues sí, esa es su vocación.  Es como un salmón que siempre va contra la corriente, pero que incluso preferiría saltar a tierra y morir boqueando antes que dejarse arrastrar.

¿La impunidad es un sello de nuestra sociedad inmediata. Ese lastre, y ese perpetuo fracaso, no amerita de un estallido?

Desde luego y la verdadera preocupación no es que amerite un estallido, sino por qué todavía no ha estallado. Hay impunidad de la clase política cuyos integrantes, más allá de sus diferencias de maquillaje, saben cubrirse unos a otros para que la ruleta siga girando porque están seguros de que algún día el premio será de ellos.  Eso lo vive Blueray en carne propia cuando confirma que sus investigaciones nunca llegarán a castigar a los culpables.

Hay impunidad a pesar de todas esas organizaciones que, supuestamente, sirven para defender los derechos humanos y conducir a la humanidad y al planeta a un futuro mejor. Todos saben dónde se tortura, se abusa, se humilla, pero eso solo sirve para “componer canciones de protesta” con música muy bonita antes de volver a la comida en restaurantes de lujo con ropa elegante — y no tengo nada contra la elegancia ni contra la buena comida — pero, por favor, no pensemos que comiendo así y vistiendo así, somos “luchadores” de nada. Eso también lo vive Blueray en “Serpientes en el jardín”.

Hay impunidad en todos los que creen que es válido hacer lo que se puede hacer, simplemente por la potencialidad de hacerlo. Podemos hacer llegar un mensaje a miles (o millones de personas), pero solo por ese hecho no se puede justificar que no seamos responsables de lo que allí se dice. La incapacidad de enfrentar responsabilidades cristaliza en la impunidad y, entonces, para tratar de compensar esa cruda realidad asumimos unas posturas “políticamente correctas” para no herir susceptibilidades. Por eso en el 2011 un hombre pudo matar a 77 jóvenes y herir a otros tantos y al ser condenado, denunció al estado noruego porque sus condiciones carcelarias atentaban contra sus derechos. Y Breivik (el asesino) ganó el juicio.

El estallido es inevitable, y por eso Blueray explota y está dispuesto a llegar hasta el castigo por su propia mano y a su manera. Algo políticamente incorrecto, pero amargamente comprensible.

 Usted se mueve como pez en el agua dentro de la novela negra, pero acá suma ese espacio que le es más que conocido: la soap opera. ¿Lo oscuro y lo grotesco se dan la mano?¿ O en todo caso, el exceso?

Mi novela tiene no solo personajes del mundo de la soap opera, sino que además copia algunas situaciones tratando (no sé si lo consigue) de evitar el melodrama y rozando la caricaturización de algunos personajes. Hay algo de carnavalización en las situaciones y no intento justificarlo.

Eso que llamas “oscuro y grotesco” es el pan de cada día.  La pandemia ha sido un ventarrón que ha dejado al descubierto las indecencias de cuan oscuro y grotesco es un mundo que, de un momento a otro, debe reinventarse y que lo está haciendo como desde el tiempo más antiguo: por ensayo y error.

Sin embargo, creo que en la novela existe, al lado de la sátira, un cierto homenaje al amor y a las relaciones entre las mujeres y los hombres (o viceversa para no herir susceptibilidades). Y este es otro tema al que Blueray, en su relación con Diana, se enfrenta y en el que el uso de puntos de vista del narrador variables intentó servir para contrastar lo que ambos personajes se dicen o se ocultan o piensan y que, el fin y al cabo resulta en un “modelaje mutuo” entre ellos donde no tiene cabida el concepto de superioridad. Diana y Blueray (o viceversa) se complementan y eso significa que se necesitan para encontrar la forma de esa complementación y tener ambos un panorama más completo de sus vidas y para eso es forzosa una comunicación sin agendas secretas, continua y, sobre todo, disfrutable para ambos… y para los lectores.

 ¿Diana alza la bandera del nuevo arquetipo femenino?

Lejos de mi cualquier intención de creer que Diana sea bandera de algo más que mis propias creencias sobre lo que una mujer puede hacer y la enorme potencialidad que tiene, sin endiosar a nadie y, principalmente, sin rencor hacia nadie.

Dar voz y presencia a personajes femeninos, por mi parte ha sido una labor no del todo ajena a la idealización y por eso no podría decir si Diana es mejor arquetipo que Amaya (el otro personaje femenino importante) o que cada una de las ex de Blueray. Me gustaría pensar simplemente que todas son creaciones hechas a imagen y semejanza de muchas mujeres con las que he coincidido alguna vez… solo eso.

 ¿Cuántas vidas, literarias, puede tener Blueray?

No lo sé, habría que preguntarle a Blueray, pero no es alguien comunicativo… como muy bien sabe Diana.

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