Los herederos

Cuatro hijos condenados por el padre

ROBERT ANDRÉS GÓMEZ

SUCCESSION (2018), la serie escrita por Jesse Armstrong para HBO ha debido esperar dos años y una segunda temporada para conquistar el Emmy a la Mejor serie dramática. El viaje, hay que decirlo, no fue largo. Más tiempo tardó Juego de Tronos, ni qué decir, un tiempo que nunca llegó para la soberbia THE AMERICANS (¿Existe algún Emmy honorífico para saldar semejantes injusticias?).

Ya a principios de año, cuando los apocalípticos jinetes del COVID-19 avanzaban silenciosamente; Succesion ganaba el Globo de Oro al Mejor drama para la televisión, gracias al hundimiento de Kendall Roy (Jeremy Strong), el primogénito de una multimillonaria familia, devorado por su padre. 

Succession tuvo una primera temporada correcta, pero muy por debajo de sus posibilidades. La premisa, pero particularmente sus intérpretes, mantuvieron el interés de una serie que pudo haber naufragado estrepitosamente. Brian Cox, Jeremy Strong, Matthew Macfyden, Kieran Culkin y Nicholas Braun elaboraron un complejo retrato sobre la ambición y la humillación familiar. También sobre el poder y la decadencia masculina.

Hiam Abbas, Sarah Snook y J Smith-Cameron se mantuvieron en una discreta segunda fila; dando réplica a los personajes masculinos, pero reprimiendo sus deseos y funciones dramáticas.

La primera temporada ciertamente fue la temporada del patriarca: Logan Roy (Brian Cox, quien sumó premios a su historial interpretativo); un hombre aparentemente moribundo que se recupera de sus horas bajas solo para impedir que sus hijos se repartan el legado: un impresionante imperio mediático que está a punto de ser despedazado por los lobos del patio.

Este cronos sediento de lágrimas y cabezas, repartió golpes por doquier consiguiendo detener los planes de sus vástagos acobardados, incapaces de tramar sólidamente un frente contra el padre. Brian Cox nunca estuvo mejor. Ni un ápice de piedad, de empatía, de afecto por su sangre.

Aún así, la contención narrativa de la serie parecía lastrar el drama en cuestión. Por fortuna, la segunda temporada ha huido de ello. Ha depositado sobre los hombres de Logan Roy (Strong, un merecido Emmy al Mejor actor) las desgracias filiales, y ha puesto en bandeja de oro su cabeza para ser aplastada una y otra vez por el dios paternal.

Los personajes femeninos han pasado a la primera línea y las traiciones han elevado el tono.  Armstrong parece haber recurrido a la inspiración de los clásicos y el espíritu de Shakespeare se pasea entre sus guiones cortando cabezas, amputando miembros, derrotando al espíritu. El Rey Lear y un suicida Ricardo III toman el pulso de un personaje a otro. 

Se intuye por demás, que la historia de Succesion es más la historia de Greg Hirsch (Nicholas Braun) que de Logan Roy. Ese caballo negro que silenciosamente deambula por el imperio de una familia que ha menospreciado a la suya desde siempre. El idiota de turno, puede que consiga sentarse en el trono. Es lo que tiene ser el “bufón” de la familia.

Retrato sobre la ambición y las relaciones familiares, está bastante lejos de las soapoperas tradicionales. Atrás, pero que muy atrás, han quedado los reinos de los Carrington o los Ewing. Los eufemismos sobran en esta guerra atroz de dioses en un Olimpo turbio. 

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