“La balandra Isabel llegó esta tarde”: Películas en cuarentena (9)

REINALDO CHACÓN

Para hallar otro film que mantuviese esta segunda temática que hemos definido en nuestro viaje fílmico en cuarentena, no hubo que realizar un recorrido de kilómetros, pues esta vez hablamos desde casa sobre una obra que ha recibido escasa atención. Un film de gran trascendencia que, durante 90 minutos de metraje, conversa sobre la mentalidad del venezolano de mediados del siglo XX. Conocida en el mundo con los títulos de Mariposas Negras o Barrio de perdición, La balandra Isabel llegó esta tarde (1950) narra la historia de Segundo Mendoza, el capitán de una pequeña embarcación, la balandra Isabel, nombrada así en honor a su esposa. Su rutina transcurre en un constante viaje entre dos puertos y dos amores: el de la Isla de Margarita, donde lleva una vida familiar con su esposa y su hijo; y el de la Guaira, donde habita su amante, Esperanza, una prostituta que recurre a todos los métodos, incluyendo la magia negra, para retenerlo y quedárselo.

Basada en el cuento homónimo de Guillermo Meneses de 1934, con guion del argentino Carlos Hugo Christensen, director del film, y Aquiles Nazoa, esta obra es una constate de metáforas conceptuales entre el hombre, la mujer y el mar. Su protagonista, Segundo, es un capitán experto en navegación de aguas turbulentas, que expresa su habilidad de control tanto en la labor como en la vida. Respetado personaje de la Isla de Margarita, es un padre protector tanto para con Juan, su hijo, como para con sus subordinados. Una estructura social piramidal que, tanto en el barco como en la casa, es un jefe firme, justo y admirado por sus hombres, y querido y amado por su familia, en especial Isabel. Sin embargo, como todo marino, sucumbe ante la adoración del mar. Es esa sangre en sus venas que domina su rumbo y explota sus emociones más primigenias. Aún siendo confiable y engañoso a la vez, es imposible que un capitán pueda perder su adoración. Amor ciego que ni aún un naufragio disminuiría su deseo de apego. Todos símiles que apuntan a un personaje en particular, Esperanza. Ese amor imposible que seduce hasta el punto de siempre querer volver a ese otro puerto, donde una vez bajado de Isabel, la balandra, sucumbe a los brazos del deseo, de esa esperanza adictiva pero embustera. Ella es la Calipso del Ulises que lucha consigo por volver a Ítaca para estar con Atenea, pero que debe renunciar al ofrecimiento de ese tesoro que es la inmortalidad, un plato apetitoso.

Esta es una obra que no hace más que el ejercicio de plasmar el pensamiento venezolano polarizado que categorizaba los roles tradicionales del hombre y la mujer de esa época. Él es fuerte, regio y protector, pero termina por ser “víctima” de esa mujer atractiva, que usa su audacia caribeña para dominarlo y controlarlo. Un síntoma que, más que una costumbre de la sociedad venezolana de nuestras costas, evidenció una estructura social verosímil dentro de una realidad fantástica de una historia que definía una tendencia, aunque machista, generalizada y establecedora de los discursos de cada uno de los roles en nuestra cotidianeidad de mediados del siglo pasado. Tanto de estos personajes descritos, como de su directo efecto en ese contexto de interlocutores secundarios que también fueron estereotipados.

Sin intenciones de construir juicios sobre estos artistas, ni buscar una riña colectiva hacia sus memorias por haber narrado su visión de ese presente que vivieron, creo que es importante destacar la habilidad para reproducir un discurso que lograse aproximar las perspectivas de pensamiento y costumbrismo en las costas de nuestro país. Aproximación que se nutrió al imprimir realismo en las locaciones tanto en interiores como exteriores (se rehabilitó el Barrio Muchinga de La Guaira para el rodaje) que incrementa su credibilidad al no despojar de los espacios a su gente para incorporar extras profesionales (muchos habitantes fueron filmados en sus actividades cotidianas) para así poder retratar la alegría, algarabía, miseria y oscuridad que Meneses se dedicó a describir con tanto ahínco, y con el que José María Beltrán, director de fotografía, se encontró en su búsqueda visual 20 años después de la publicación del cuento; junto con una música, compuesta por Eduardo Serrano, que sugiere una carga de fuerza y sutilidad, como si las notas fuesen manejadas como barco que navega en mareas bravías y apacible al mismo tiempo. Descripción sonora de la contradicción de ese frágil equilibrio que vive Segundo entre la estabilidad familiar y la seducción pasional de un amante. A ello no hay que olvidar la increíble incorporación de una herencia musical tradicional que basculará entre ese oriente melodioso y romántico, con letras cargadas de simbolismos del qué hacer cotidiano del costeño, y la energía y devoción de los tambores de nuestro legado afro. Un trabajo que ocurrió bajo la consultoría del gran investigador folklórico Juan Liscano.

Actuada por una constelación de grandes estrellas nacionales e internacionales del momento, entre ellos el mexicano Arturo de Córdova, las argentinas Virginia Luque y Juana Sujo, así como los venezolanos América Barrios, Tomás Henríquez y Néstor Zavarce en su debut actoral, obtuvo el galardón a Mejor Fotografía en el Festival de Cannes de 1951, además de lograr la nominación al Gran Premio del festival. Proyectada en el mundo entero, esta una de las más grandes producciones cinematográficas venezolanas y latinoamericanas junto con Araya (1959). Una época cinematográfica que debemos rescatar para que se asiente en nuestro imaginario, para así encontrar esos inicios que encaminaron nuestra identidad y originalidad visual en la gran pantalla. Discurso que se transformaría y olvidaría por la inclusión del lenguaje de la televisión.

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