“Bait”: Películas en cuarentena (7)

BAIT, sorpresa en la Berlinale

REINALDO CHACÓN

La narrativa que nos dan las tradiciones y costumbres culturales tienen un universo de posibilidades tan amplio, que la diversidad filmográfica de esta categoría se convierte en algo interminable. Así que el punto de partida debía venir de aquello que nos condujo a viajar hacia Japón: reflexionar sobre las transformaciones culturales en su dinámica natural. Fue aquí cuando el Brexit tomó fuerza en mi cabeza. Pero no fue un film sobre la historia política del acuerdo o sus eventos cronológicos los que me interesaron, sino de las consecuencias que la sociedad británica viviría a partir de esa decisión. Se abrió el telón y apareció Bait (2019) un film que narra la historia de Martin Ward, un pescador que, además de quedarse sin barco porque su hermano Steven lo ha convertido en una embarcación de recreo para turistas, también tuvo que vender su casa paterna a una familia que alquilan sus habitaciones en los meses de verano, quienes además le impiden parar su camioneta frente al muelle si no paga los nuevos impuestos establecidos por la ley. Toda una serie de eventos que diezman la vida de Martin, no solamente por la precaria actividad laboral, sino por las disputas con su familia y una comunidad británica que está pasando de una economía industrial a una digital.

Partiendo desde la visión de su antihéroe, como lo es nuestro protagonista Martin Ward (exquisitamente actuado por el comediante Edward Rowe, que ayuda a sumar en la idea de lo bien que les va en el drama) este film trata sobre los olvidados, aquellos que una vez fueron el sustento de un poblado y que ahora son desechados por las necesidades inminentes que la crisis obliga superar. Las viejas costumbres se tambalean ante los nuevos negocios globalizados (simbolizado en la enseñanza de la pesca del tío al sobrino) y ese turismo que todo lo invade en busca de falsas ideas de autenticidad (bello y amargo momento en el que la nueva dueña de la casa afirma que compró por internet las boyas, redes y aparejos marinos con los que adorna su casa, cuando se encuentra en un pueblo de pescadores) Es una muestra de la preocupación por un país que amenaza con deslizarse por un abismo.

Mark Jenkin afianza este discurso en su extraordinaria dirección de la imagen. La elección de filmar con una Bolex manual de 16mm, cuya película Kodak procesó a mano, tuvo la visión de recrear, al estilo del Free Cinema, una historia inspirada en lo cotidiano y comprometida con la realidad social. Atrajo al británico desde su orgullo cinematográfico, para introducirlo en una crítica social amarga y áspera de la cual no podría escapar, porque el radicalismo del cambio social (simbolizado en el blanco y negro) solamente lleva a ahogar (planos cerrados enmarcados en una ya mínima resolución de imagen) a todos aquellos improvistos de “progresar” en esto que llamamos globalización. Otro de los tantos cebos (traducción al castellano del título) que el film puso para capturarnos.

Estrenada en el Forum de la Berlinale, orgullosamente se atrevió a mostrar, fuera de sus fronteras, este frágil equilibrio que hay en el diálogo entre la tradición y la modernidad de la Gran Bretaña del Brexit. Sugerente como tal vez ninguna otra en el año, es describible en su totalidad por uno de los apartados que el “Manifiesto de los Jovenes Airados”, en 1956, proclamó: “Hay cosas que nos producen tristeza o ira; son las que debemos cambiar. Sin embargo, los sentimientos de orgullo y amor son fundamentales, y sólo un cambio inspirado por estos sentimientos será eficaz.”

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