Y se rompió el vidrio

REINALDO CHACÓN

Después de irrumpir en el cine con un éxito irrepetible en su carrera, incluso en sus intenciones narrativas, Sexto Sentido (1999) se convirtió en la referencia de un director emergente que se cotizó tanto por su discurso visual como por su relato. Bajo esa gigantesca sombra inicial, es difícil mantener aciertos artísticos y taquilleros que mantengan el nivel tan elevado. Sin embargo, Shyamalan logró capturar a muchos en lo que sería su primera trilogía. Incursionando en el universo del cómic, desarrolló una narrativa muy acorde al género, que lo llevó a explorar con éxito sus nuevos dotes de constructor de historias fuera del suspenso “inteligente”, y pasando por el misterio y la acción de descubrir personajes, como ocurrió con El Protegido (2000).

Luego de engavetar esta exitosa visión, anduvo por derroteros que tambalearon su perspectiva artística, y que solamente cuando regresó a sus inicios logró revalorizar y reconstruir a ese contador de cuentos distópicos y fantásticos que enarbolan el mayor potencial de su discurso. Y es que al realizar Split (2016) volvimos a ver sin sombras ni maquillajes, aquel gran prospecto de la ficción misteriosa. Sin divagar, ni crear recovecos narrativos que circulan en ideas que solamente engañan en la compresión y logro del mensaje final, Shyamalan recapturó a su audiencia más asidua, sacándolos de las salas de cine con ganas de volver a escuchar otro de sus cuentos.

Tres años después, navegando por el mismo sendero, aparece con Glass (2019) que viene a ser la culminación de esta poco integrada historia. Pero lamentablemente, esa curva que volvió a generar una pendiente positiva, se volvió a pique estrepitosamente. Con ciertos intentos de recordar su forma, renueva sus problemas estructurales en la historia que socavan el entendimiento e interés del espectador. Con vacios argumentativos, se torna un film más atareado que intrigante. Los personajes pierden su fuerza inicial y se convierten en relleno, casi en contexto, de lo que en algún momento fue lo más atractivo de las anteriores entregas.

Tan frágil como su protagonista, Glass culmina un final decepcionante de este intento de comic cinematográfico. Bajo la actual tendencia de llevar a la gran pantalla comics con héroes super poderosos, Shyamalan atraía por una construcción más humana y empática con la realidad pero que argumentativamente fue desquebrajándose sin un derrotero claro y concreto. Aún cuando el final se vislumbraba como una resucitación del film, intentando romper los cánones de “el bien siempre triunfa”, el desarrollo fue tan tempestuoso que no hubo manera de llegar a una conclusión desilusionadora.

Shyamalan terminó por romper el vidrio, y con él, a sus personajes.

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