Amor con barreras

REINALDO CHACHÓN

Dueña indiscutible de los European Film Awards, Cold War (2018) nos ubica en la Polonia de los 50. Marcada por las heridas sufridas en la segunda guerra mundial, las nuevas autoridades comunistas promocionarán la creación de un grupo de músicos que, a través del folklore local, intentarán llevar algo de alegría a los camaradas polacos, y de paso transmitir mensajes de alabanza sobre el Camarada Stalin. Wiktor (Tomasz Kot) pianista de este grupo coral, se enamora de Zula (Joana Kulig) cantante folklórica con un pasado truculento. Juntos vivirán un bello romance que irá yendo y viniendo a lo largo de más de una década entre Oriente y Occidente.

Apasionada historia de amor que termina por consumarse en otro plano existencial, Cold War es una síntesis cabal de lo que significó la supervivencia de la guerra: intolerancia, revancha, desesperanza. Historia ya contada y recontada en sin fin de films, pero que esta vez logra la conexión en un elemento emocionalmente universal: la música. Elemento concatenador de emociones, termina por ser el hilo conductor de los pensamientos, las fantasías, las ideologías, el progreso, el retroceso, el amor, el odio.

Su evolución desde las tradicionales y remotas melodías del pobre país polaco, hasta el elegante y fascinante jazz de París, nos lleva en un recorrido por casi toda una Europa consumada por las barreras ideológicas y físicas de la tan dañina guerra fría. Con una fotografía que se hilvana casi perfectamente con la banda sonora, construyen un discurso de blancos y negros muy bien remarcados e intensos (simbolismo del radicalismo) a través de lo que parece ser un amor imposible de consumarse. Un deseo, como muchos, que terminará igual que el país de origen: navegando sin rumbo y sin interés.

Pawel Pawlikowski vuelve a sorprendernos con su intima visión penetrante de las emociones. Su intensidad de siempre estar tan cerca de los personajes, continúa siendo su marca de dirección, pero que esta vez logra moldear con un contexto que es tan protagonista como sus personajes, creados juntos con el coguionista Janusz Glowacki. Apasionado por la intimidad, Pawel encuentra en la narración visual y vocal la conexión para que el espectador construya lo que muchos sintieron en la guerra: esperanza. Para luego arrebatarla, como siempre ha ocurrido. Con balas o con diplomacia.

Cold War es una exquisita obra fílmica que pasa por un detallado uso del espacio donde se cuenta la historia. El encuentro en espacios pequeños llenos de claustrofobia o apasionado encuentro carnal, o las grandes salas musicales y espaciosas calles de las metrópolis, son un inequívoco mensaje de la imposibilidad de encontrar el momento ideal para que en tiempo de fanatismos sea posible una aproximación sin que la rivalidad prevalezca. Es posible que sea en otro plano astral donde entenderemos que aún nos falta mucho por aprender de nuestros errores.

Sin duda, nuestros abuelos si lo saben.

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