En lo profundo del bosque: ‘La bruja’

1maxresdefaultRobert Andrés Gómez

La sobreexplotación del cine de terror no ha conseguido minar sus posibilidades ni sus derroteros creativos. Pese al desgaste de fórmulas ya servidas como Actividad Paranormal o Insidious, el género ha subido su escala de expectativas con un número sorprendente de películas.

2015 registra no pocos aciertos –y éxitos-, la mayoría independientes, pero también de la mano de Hollywood. La exquisita y poco valorada cinta de Guillermo del Toro La cumbre escarlata apostó al romanticismo absoluto desde una manierista historia de fantasmas decimonónica. En las antípodas, M. Night Shyamalan se mimetizó con las tendencias más indies del género con su reinterpretación de Hansel y Gretel llamado La visita. A su lado David Robert Mitchell consiguió convertir el sexo en la más aterradora pesadilla juvenil en It Follows. Y Todd Strauss-Schulson le dio una vuelta al slasher tradicional en su curioso homenaje al género en The Final Girls. Otro tanto consiguió Karyn Kusama con la no menos clásica pero efectiva La invitación; sucesión de guiños a favor de una historia servida a partir del extravío constante del espectador.

Para ser honestos, este ‘revival’ comenzó tiempo atrás y va aún más lejos de Estados Unidos. La sueca Déjame entrar (2008) de Tomas Alfredson, la australiana Babadok (2014) de Jennifer Kent, la austríaca Goodnight Mommy (2014) de Verinka Franz y Sverin Fiala, la coreana Thirst (2009) de Park Chan-wook, la venezolana La casa del fin de los tiempos de Alejandro Hidalgo, o la tailandesa Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010) de Apichatpong Weerasethakul (Palma de Oro en Cannes).

2016 ha comenzado con una buena apuesta para el género. La bruja de Robert Eggers recuerda en su forma a relatos más distantes como The Wicker Man de Robin Hardy y El bebé de Rosemary de Roman Polansky. El caos al servicio del extravío, la desesperación, el desasosiego.

Eggers convierte al paisaje en un elemento aterrador sin efectismos. Llega bastante más lejos que Shyamalan en La Villa y en la recta final sale airoso. La seriedad con la que asume ese derrotero está lejos de ser un bumeran, sino por el contrario, la asunción total del mundo recreado.

El bosque adquiere acá no sólo un efecto aterrador. En su propia decrepitud, este espacio se transforma en una muralla y también en el lindero que marca las fronteras entre el cielo y el infierno.

El realizador se vale de los temores reinantes en pleno Siglo XVII, en el seno de una familia de colonos cristianos, confinados a los límites de la cordura.

La desesperación conduce allí a un hombre decidido a sobrevivir y progresar, mientras su familia se desmorona ante los extraños acontecimientos que ocurren.

La hija mayor de la familia terminará por soportar las consecuencias de una tragedia que va tomando forma sin que ni ella ni ningún otro pueda hacer nada por detenerlo.

Eggers reta la paciencia del espectador, arrastrando el paso del tiempo frente a sus ojos y la cruda aspereza de las emociones a tono con un paisaje desolador.

Twitter: @cinemathon

 

 

 

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