Una verdad incómoda

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Robert Andrés Gómez

Ha pasado una semana desde que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas pusiera punto final a su edición número 88. Una semana desde que Leonardo DiCaprio recibiera su primer Óscar –y también lo dejara olvidado en un restaurante-, tras cinco nominaciones previas y 23 de haber sido considerado por primera vez (una de ellas como productor). Una semana desde que Ennio Morricone, a sus 87, uno menos que el premio en cuestión, recibiera su primer Óscar en competencia –se le otorgó uno por su trayectoria- y 37 años desde que se le nominó por primera vez por Días del cielo (1979) de Terrence Malick, nada más y nada menos.

Lo del pasado domingo fue, cuando menos, una edición incómoda, mordaz, a ratos una metáfora de las tortas y bofetadas frecuentes en la más clásica comedia americana: el slaptstick. A su manera, Chris Rock repartió golpe y porrazo sin escatimar, tanto que por un momento pareció un bufonesco exceso. Por fortuna, al final, un Alejandro González Iñarritu, quizás más emocionado que el año pasado, aterrizó la discusión. Hizo un llamado a la cordura, colocando la discusión en un lugar más concreto, menos especulativo. Más allá del color.

La noche de los #OscarSoWhite fue una noche de blanco y negro y también una noche en colores. Rubores en medio, ciertamente fue una noche para hablar de no pocos temas incómodos. El racismo en la industria fue uno de ellos. Esta fue una discusión no terminada, pero en efecto colocada en perspectiva, dado el discurso de la Academia, no sólo en el monólogo de apertura, sino en el revelador micro de encuestas realizadas por el propio Rock a pie de calle. El tema que ha herido la sensibilidad y arrojado la maniquea etiqueta es más complejo. Y también poco constructivo.

Los pecados de las instituciones más sacrosantas fue otro tema incómodo. Ni más ni menos se llevó dos premios grandes: Mejor Guión Original (para Tom McCarthy y Josh Singer) y Mejor película: Spotlight (de McCarthy y su equipo de productores).

La seguridad de los niños y jóvenes incluso tuvo un portavoz como pocos: el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden. Pero también una ganadora: Brie Larson, por interpretar a una joven raptada y mantenida en cautiverio durante años, junto a un hijo nacido en las cuatro estrechas paredes de un cobertizo. Todo ello en La habitación de Lenny Abrahamson.

La del domingo pasado, la número 88 fue, cuando menos, la más política e incómoda de las ceremonias del Óscar en al menos unos 30 años. El retrato sobre los mundos hostiles y peligrosos sobre los que navegaron las ocho películas nominadas, ni qué decir, los documentales, filmes extranjeros y cortometrajes. Películas que con mayor o menor empaque industrial, respaldadas o no por los estudios, trazaron su propia fotografía del mundo contemporáneo. De su tiempo.

El Óscar es un premio legendario. La temporada previa ofrece no pocas oportunidades para celebrar el espectáculo y sí, el arte cinematográfico. Suma espectadores en determinada medida, genera el deseo de volcarse a las salas para disfrutar de los sacrificios bajo cero de un intéprete o bien, a 45 grados a la sombra en pleno desierto. Pero más aún del arte y oficio de una comunidad de creadores que concuerda en el ejercicio de rodar una película que en mayor o menor medida se transforma en un espacio de encuentro del espectador consigo mismo.

Twitter: @cinemathon

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