‘Joy’ …una mujer bajo la influencia

jen-lawrence-joy-pic.jpgRobert Andrés Gómez

Joy: el nombre del éxito (2015) de David O. Russell vendría a cerrar una trilogía familiar que arrancó con El lado bueno de las cosas (2012, Silver Linings Playbook) y seguiría con Escándalo Americano (2013, American Hustle). Aunque el cine del realizador neoyorquino ha orbitado reiteradamente en torno a la familia, las tres historias señaladas guardan varios puntos en común en ese espacio íntimo: familias disfuncionales que orbitan en torno a un miembro fagotizado por una suerte de influjo enajenante. Intépretes recurrentes a lo largo de ellas: Jennifer Lawrence, Bradley Cooper y Robert De Niro. Finalmente, su sello personal ya no sólo como realizador, sino como el escritor responsable de los destinos de estos personajes, dotando a tales entramados de una métrica verborreica, histérica y desmesurada.

Habitual de los premios de la Academia, Russell llevó una ascendente carrera en ese contexto áureo desde El Luchador (2010) con siete nominaciones, otras ocho por El lado bueno de las cosas y diez con Escándalo Americano. Así, resulta elocuente que Joy… sólo haya conseguido una nominación para su actriz protagonista. Quizás prueba de un agotamiento en la forma y aproximación. Quizás porque pese a sus valores, hay una explosión temática que sólo apunta a recorrer pero no a sumergirse.

Si en El lado bueno de las cosas Russell concentraba su mirada en el arquetipo masculino, y en Escándalo Americano elaboraba un retrato coral, en Joy, el espíritu de lo femenino emerge y se apodera en su totalidad de la historia. Desde la voz de la narradora, una abuela (Diane Ladd) que fabula y predice el destino de su nieta. Una madre (Virginia Madsen) paralizada por la frustración de sus propios sueños. Una inesperada ‘madrastra’ (Isabella Rossellini) dispuesta a controlar económicamente sus sueños. Una amiga fiel (Dascha Polanco) y una hija (Madison Wolfe) que busca su propio reflejo. Mientras, los hombres: el padre (Robert De Niro) y el ex esposo (Edgar Ramírez) son confinados al subsuelo de sus propios fracasos.

En ese contexto familiar, Joy Mangano intenta cumplir con las predicciones, deseos y motivaciones de su abuela materna. Una voz que parece resonar constantemente en su día a día plagado de la locura familiar y de una casa que descansa sobre sus hombros a punto de desplomarse en cualquier momento.

Russell apuesta esta vez por la estructura de un cuento de hadas, con guiños al David Lynch (uno de sus directores de cabecera), de Corazón Salvaje. Un cuento de hadas que se hace añicos dejando paso a la realidad. Desde allí, el cuento salta a otro más apetecido en el contexto de la cultura estadounidense: el sueño americano. Así, la historia de esta mujer se deshace de la fábula para entroncar con el relato de la superación personal.

El de Joy, pese al coro que la rodea, es desde la perspectiva de su realizador, un viaje solitario. Una épica de realización, de una mujer presa de su locura familiar y la suya propia que intenta deslastrarse y construirse a sí misma.

En plena era del posfeminismo, la locura pasa factura una vez más al personaje femenino y Russell la ilustra con un plano que recuerda en mucho a aquél que Coppola le reservara a Michael Corleone en los tiempos de El padrino. Así, pese a las risas contenidas, más que una comedia, la suya es en cierto modo una tragedia personal.

@cinemathon

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