‘El hijo de Saúl’: En las puertas del infierno

Robert Andrés Gómez

En mayo de 2015, El hijo de Saúl, primer largometraje del realizador László Nemes tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cannes. Desde entonces, se vio venir lo que sería un largo recorrido por nuevos certámenes y también su viaje a la temporada de premios que la ha llevado a ser una de las grandes favoritas al Óscar como Mejor película en lengua extranjera (no inglés). En Cannes, el film recibió el Gran Premio del Jurado y también el FIPRESCI. Las razones para ello: su descarnada mirada al holocausto perpetrado por los nazis, una mirada a las entrañas del campo de concentración de Auschwitz.

Hecho de amplia Literatura y también filmografía, lo que propone Nemes es una experiencia sofocante y claustrofóbica. Una experiencia de dolor y enajenación junto a un hombre, Saúl, quien colapsa ante la muerte de un niño.

Tras sobrevivir asistiendo a los nazis en su descarnado propósito. Es la muerte de ese niño la que perturba de tal manera al hombre, que ya nada puede ser igual. Y es allí cuando Nemes toma de la mano al espectador para arrastrarlo a un averno de sombras, túneles, barracas, espacios abiertos repleto de personajes desesperados por conservar la vida a costa de lo que sea; mientras urden una manera de hacer frente ya no por miedo, sino en autodefensa absoluta a ese Moloch abrasador.

Así, el realizador se mueve entre el terror y la resignación, la cordura y la locura, la deshonra y la dignidad. Saúl se empeña en dar sepultara a aquél cadáver que parece destinado a una fosa común, perdido en la memoria del tiempo.

Nemes oscurece todo aquello que era solar y luminoso en La vida es bella (1997) de Roberto Benigni. La mueca y la contención destierra aquí toda sonrisa posible. Cualquier atisbo de reconciliación del espectador con aquéllos hechos, por mucho que el autor se compadezca de su personaje.

Saúl cruza el umbral sin siquiera darse cuenta. Lo olvida todo. Lo pierde todo. Y Nemes aguanta, con el espectador al lado, quien termina preso de una experiencia sensorial atronadora. Mirando cara a cara a aquél hombre desesperado. Escuchando los susurros, los gritos, la desesperación e incluso el remanso de las aguas. Con una cámara que no deja duda de su presencia y su carácter de narrador absoluto, amplificando al sensación de tiempo real en la que todo ocurre.

Ganadora del Globo de Oro, del Critics Choice Award, del National Board of Review, el Círculo de Críticos de Nueva York y también de Los Ángeles. Nominada al César, al Independent Spirit Award y al Óscar. Premios por venir que podrán subrayar aún más el valor de este film, pero que de no ganar ya no podrán ensombrecer el derrotero de un relato y su forma que revuelve las visceras a más no poder.

Puede que El hijo de Saúl no cuente nada nuevo. No desempolve alguna historia secreta, nunca vista antes en pantalla. No parece ser esa su intención. Su fortaleza reside en la forma y sí, en ese resquicio de moral que abraza a su personaje al borde del infierno.

Twitter: @cinemathon

 

 

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