“En la cuerda floja”: Un paseo por las nubes

El estreno de En la cuerda floja (The Walk) de Robert Zemeckis coincide también con el aniversario número 26 de Volver al futuro 2 (1989), todo un tour de force de realización y también un ejercicio de imaginación y predestinación extraordinarios que justo esta semana alcanzó la fecha de un futuro bucólico al mejor estilo de Los Supersónicos.

La trilogía Volver al futuro de la noche a la mañana convirtió a Zemeckis en una de los realizadores más solventes de Hollywood, primero a la sombra de Steven Spielberg, luego con entidad absoluta de sus capacidades autorales.

Tras la oscarizada Forrest Gump (1994), Zemeckis se convirtió en un realizador capaz de dialogar con las audiencias más allá del fantástico. Pero también en uno de los convidados a potenciar el uso de las nuevas tecnologías más allá del cine espectáculo de evasión total.

Pese a la espectacularidad de sus proyectos venideros, Zemeckis conservó el espíritu de las historias que asumió. Una decisión que probablemente le restó espectadores, pero que significaron un paso adelante en su filmografía. Un rasgo de rebeldía quizás, también una declaración de principios en su propia mirada del significado del Cine.

En la cuerda floja (The Walk) relata la historia del funambulista francés Philippe Petit (interpretado por Joseph Gordon-Levitt) y su extraordinaria e irrepetible hazaña. En 1974, Petit, -secundado por sus amigos-, caminó sobre un cable suspendido entre las dos torres gemelas del World Trade Center de Nueva York.

El hecho que fue recogido en el documental ganador del Óscar Man on Wire (2008) de James Marsh (La teoría del todo, 2014) sigue el derrotero de su protagonista desde sus primeros pasos sobre la cuerda floja hasta su lograda proeza.

Ese derrotero se transforma en un dilatado preludio que corre a contracorriente contra la emoción del espectador. Zemeckis retrata con mimo la pasión de su protagonista, su sueño desmedido y desmesurado. Pero ese mimo merma la atención del espectador más allá del vigor que el personaje tiene, más allá de la fuerza que el actor impone al mismo. Es casi en ese registro de una vida convencional, donde el esfuerzo excede las expectativas.

Por fortuna, Zemeckis renuncia a ello en el momento más importante de todo el film. El realizador deja de lado ese apego a la realidad para transformar en absoluto vértigo ese tránsito a cientos de metros del suelo.

Zemeckis se despoja de ese punto de vista amarrado por la biografía y despliega todos sus recursos, los suyos, los del 3D y desde luego, de esa pantalla verde que abre la puerta a esa mirada cenital que apuesta todo al vértigo más allá de la espectacularidad.

El vacío contrasta con la casi ciega ambición de un hombre que se expone al límite sin siquiera sentirlo. De pronto, es ese vacío lo que llena al espectador.

Como si las palabras que su mentor (interpretado por Ben Kingsley) pronuncia en calidad de advertencia, hubiesen desaparecido por esos largos minutos y especialmente en ese ballet que sostiene el protagonista. Un ballet que se desarrolla primero en solitario, luego entre el resto de los personajes y especialmente con ese cable, metáfora de una existencia que pareciera desear permanentemente quedar atada a las nubes.

Twitter: @cinemathon

 

 

 

 

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