Las Nubes de Sils María

El tiempo atrapa una vez más la mirada del realizador francés Olivier Assayas. Un tiempo que regresa al presente de María Enders (Juliette Binoche), una actriz que despunta a la fama con un rol temprano, que 20 años después reclama de nuevo su presencia. Esta vez como la contrafigura. Ya no el papel de la joven, sino el de la mujer adulta que sucumbe al caos que aquélla genera. Así, María tiene la oportunidad de contemplar el universo de su personaje original desde la perspectiva del otro. Pero también de contemplar sus prejuicios y su propia imagen, la de una estrella sometida al escrutinio público.

Assayas construye su relato desde lo trivial hasta el tormento. María se dirige con su asistente a una ceremonia tan vacua como rutilante. Un homenaje a un autor que no quiere ser reconocido. Es quien firma la obra que dio fama a María, La serpiente de Maloha. Y gracias a ello, todo comienza.

Wilhem Meilchor, el autor, muere intespestivamente. Y un joven director quiere montar la obra, y allí comienza la resistencia. El juego del temor, la adulancia, la vanidad. El temor por verse reducida a la nada como el personaje que ahora le tocará interpretar. La adulancia, la de todos aquéllos que la desean en ese barco, la de sus admiradores de siempre y también ocasionales. La vanidad, la de esa gran estrella en el aparente –y solo aparente-, ocaso.

El realizador va de un lado a otro, retratando a María desde cada uno de esos flancos, pero sin dejar cabo suelto. El de la propia industria, el de la reflexión intelectual, el de la confrontación, y finalmente, el de la inspiración. El arte viviendo por encima de todo ello, entre esas nubes que recorren un amplio y húmedo valle gracias al viento que las empuja.

Crea Assayas una doble correlación, entre la María adulta y la actriz que fue. Crea una confrontación entre la María actriz y su deshinbida asistente (Kristen Stewart de nuevo siendo Kristen Stewart  y quedando desarmada ante el hace de Binoche), un juego entre la ficción y lo real. Tanto como casi un duelo entre juventud y madurez, Hollywood y Europa.  La locura mediática, la estelaridad absurda, la vida multiplicada en redes y espacios digitales.

María lucha contra ello, pero sucumbe  también a las tensiones y a las presiones. Desea mantenerse distantante de la paraphernalia y el oropel. Desea mantenerse fiel a sus convicciones creativas, pero sus temores la pierden. El concierto de voces a su alrededor es tremendo, aún allí, en la soledad de las montañas, el refugio elegido en favor del personaje no es suficiente.

La escrutadora mirada de su asistente es la más incómoda de todas. Intenta que se desprenda de todo aquéllo que María teme, pero por igual lanza los dardos posibles para que no consiga salir a la superficie. Sólo la voz de un creador más joven, quizás un alma creativa en el mismo tenor, parece darle la serenidad posible. Ese espacio de distancia real para mirarse  a sí misma.

Assayas crea un juego temporal que bien recorre los primeros momentos del film, en un acompasado registro de los hechos tan sugerente como atronador.

Twitter: @cinemathon

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