El círculo de la vida

La vida se termina. No hay mayor certeza. La longevidad supone una tregua elocuente contra esa certeza. Pero la tregua supone la asunción de la vejez como ese último recodo de la existencia. Un recodo que Yasujiro Ozu contempló –literalmente-, a través de su cámara en esa pieza de cine llamada Cuentos de Tokio (1953).

La contemplación como ejercicio cinematográfico y existencial del transcurso del tiempo, del contraste entre la juventud y la vejez. Lo importante entre los dos extremos, lo importante en cada extremo de esa mirada. Y allí Ozu, en silencio elabora un retrato sobre la dignidad como esencia de ese tiempo vital. Lo importante, por encima de las urgencias. Cierto es que el tiempo transcurrido en el padre y la madre de Cuentos de Tokio muestra una autoridad moral sobre todo aquello que ha sido superado. Pese al destino que corresponde a esa pareja, la mirada serena del hombre resume esa actitud frente al duelo vital.

Poco más de medio siglo después, esa mirada y ese deseo permean el ejercicio de la vejez. Sea en la determinante actitud de los personajes de Amor (2012, Michael Haneke); en la inquieta búsqueda de la anciana que se niega a olvidar y ser olvidada de Poesía (2010, Lee Chang-dong) o bien, en la poética testarudez de la matrona de una familia turca en La caja de Pandora (2008, Yesmin Ostaoglu). Una más, ese triste y desolador declive en El amor es extraño (2014) de Ira Sachs. Una pareja de homosexuales ya en su tercera edad, condenados a vivir separados por las penurias económicas.

La dignidad como último recurso y también como síntoma y símbolo de una existencia plena. La vivida.

De eso también hablan tres películas que coinciden en la cartelera local. Síntoma también de que el tema requiere de una urgencia. Del deseo de ser mirado, abordado.

Lo hacen, desde luego, desde sus peculiares procedencias. De esa naturaleza a ratos más solar, otras más ligera, pero cuando menos inquietantes en esencia, por mucho que la sonrisa o la risa precedan a la lágrima o a ese momento de quiebre total que algunos de los personajes deben enfrentar.

¿Y si vivimos todos juntos? (2011) de Stéphane Robelin reúne bajo un mismo techo a un grupo de septuagenarios, amigos de jueventud, que huyen como la peste de su vida en un ancianato. Un quinteto que reaviva sus glorias en ese caótico juego de mudanzas, un tanto confuso y a ratos sin norte, pero que se nutre del buen hacer de intérpretes como Jane Fonda, Geraldine Chaplin o Pierre Richard, entregados y despojados de vanidad alguna a favor de esos personajes que detestan también la soledad y olvido.

Un poco a su manera, es lo que hacen los residentes de El nuevo Exótico Hotel Marigold, variación de la obra original que (re)vuelve sobre los personajes y asoma otros más, presos de esa misma inquietud. John Madden sin vergüenza, apuesta todo a sus intérpretes, especialmente en Maggie Smith, Judi Dench, Penélope Wilton y Bill Naghy.

Finalmente, con menos condescendencia, el alemán Hans Christian-Schmidt revuelve, esta vez con garra y desolación, la vida que se escapa, la negación a la entrega absoluta y el caos familia en ¿Qué nos queda? (2012).

Twitter: @cinemathon

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