Desenterrar el pasado

Hay imágenes que nunca deberían ser vistas, dice Rithy Panh. Imágenes, hechos, situaciones que nunca deberían ser presenciados dado el horror, la cruedal, la tragedia que representan. Pero, acota, si nunca son vistos, quién dará testigo de ello. Quién atrapará tales imágenes para conseguir contarlas, aunque mientras enmudezca de pavor y dolor.

Panh ya no enmudece, acaso ahora es el turno del espectador. El ojo de quien frente a la pantalla debe ahora asistir a la reconstrucción de una historia, la de Panh, su familia, su país. Una nación en un tiempo borrado, cuando Pol Pot, en Camboya, arrancó la Historia de cuajo para enterrarla con todo aquél que osara disentir. Aproximadamente 1,8 millones de habitantes murieron entonces. Todo en un período de cuatro años en lo que fue la Kampuchea Democrática. Cuatro años precedidos de otros cinco de un golpe de Estado, intensos bombardeos norteamericanos y una Guerra Civil.

En los campos de rehabilitación que rápidamente puso en práctica la revolución de Pol Pot, aquéllos campos de exterminio de los que hablara Roland Joffé en Los gritos del silencio, creció Panh viendo morir a cada uno de los miembros de su familia. Evacuados como tantos otros de la capital por parte de los Jemeres Rojos tras su llegada al poder, Panh asistió a su reeducación forzada. Cavando para no morir.

Tras la invasion de Vietnam a Camboya, consiguió huir a Tahilandia y desde allí a París. Indochina y su Camboya natal permanecían en el olvido, presas de nuevos tiempos convulsos. Víctimas del borrado en favor del poder absoluto.

Las ciudades desahabitadas –como estrategia política-, la hambrua, los trabajos forzados, las torturas sistemáticas, las muertes por cansancio, las ejecuciones que atestiguan su memoria van dando forma a La imagen perdida. Un aterrador y también conmovedor relato sobre la gran tragedia de Camboya.

Ante la ausencia de documentos sobre descomunal brutalidad, el director de S-21: La máquina de matar de los jemeres rojos (2003), Una barrera contra el Pacífico (2008) y Duch, Master of the Forges of Hell (2011), construye las suyas propias. Pequeñas maquetas, dioramas y sus criaturas de arcilla que de a poco, sutilmente, van llenando el vacío de lo que ya no existe más. Mientras sus recuerdos dan cuenta de todo lo que ha sido enterrado y perdido, el espectador elabora un viaje en reversa, contemplando aquéllos ecos del pasado que se niegan a morir del todo. A ser enterrados eternamente como testigos mudos de la atrocidad humana.

Nominada al Premio de la Academia como Mejor película en lengua extranjera (2013) y ganadora de la Sección Una cierta mirada del Festival de Cannes (2012), La imagen perdida es un impeccable y sensible ejercicio de la memoria, devenido en retrato del infierno de una nación sumergida en uno de los capítulos más oscuros de la humanidad. Aunque no ha llegado aún a las pantallas de cine, su relato se cuenta una y otra vez por estos días en las pantallas del canal Max.

Twitter: @cinemathon

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