Welles/Coppola

Orson Welles standing on stacks of newspapers in a scene from the film 'Citizen Kane', 1941. (Photo by RKO Radio Pictures/Getty Images)

Orson Welles standing on stacks of newspapers in a scene from the film ‘Citizen Kane’, 1941. (Photo by RKO Radio Pictures/Getty Images)

Curiosa sí. Esa peculiar coincidencia que por un día reunió a dos cineastas. El pasado miércoles 6 de mayo Orson Welles (1915-1985) arribó al centenario de su nacimiento. Ese mismo día, en Oviedo, Francis Ford Coppola (1939) se hacía merecedor del galardón Princesa de Asturias de las Artes. El mismo que antes recibieron Berlanga, Allen, Gassmann, Almodóvar.

“Narrador excepcional”. “Imprescindible para entender la transformación y contradicciones de la industria”. “Renovador temático y formal…” Eso y más ha dicho el jurado del realizador italoamericano. Frases todas que podrían aplicarse sin temor a la obra y al nombre de Welles.

Monumentales ambos, y no sólo en su robusta humanidad, tanto Welles como Coppola representan por mucho el quijotesco espíritu del cine independiente a contracorriente con el espíritu de los estudios. Adversarios en una danza de poderes, el creativo y el económico, uno y otro padecieron de su propia grandeza contra la de un monstruo mayor. Quijotes sin Sancho, por mucho que Welles se dejara ver una y otra vez junto a Joseph Cotten, por mucho que Coppola buscara sumar a sus batallas a Steven Spielberg y George Lucas.

Narradores excepcionales, sin duda. Renovadores temáticos y formales, ni se diga. Aunque sería mezquino negar la calidad de su extensa filmografía, sin duda Ciudadano Kane (1941) y El Padrino (1972) marcaron un punto de quiebra, una vuelta de tuerca para el cine de Hollywood y del resto del mundo consiguiendo las dos grandes películas americanas. La RKO casi se va a pique por los excesos de un joven terrible desafiante de los modos y de las formas. Coppola se fue a pique tras Apocalipsis ahora (1979) y esa cinta poco vista y entrañable llamada De corazón a corazón (1981), ya ni hablemos de Hammett (1982) y sus enfrentamientos con Wim Wenders.

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Vigorosos comienzos. “Comencé en lo más alto” decía Welles. Y desde allí en caída libre. Coppola podría afirmar lo mismo.

La fragmentación narrativa, la redimensión del espacio fílmico, del punto de vista, la profundidad de campo y el montaje. Heredero de David W. Grifftih, Welles transformó a Hollywood, tanto que por poco se anula, desaparece. Siguió con los vientos en contra, yendo delante y detrás de la cámara según se le permitiera, en Estados  Unidos o en Europa. Buscando ideas entre libros y novelas de estación de trenes o aeropuertos, poniendo toda su carga revisitando a cada tanto a Shakespeare o a sí mismo. Creando monstruos –su Harry Lime de El Tercer Hombre-, destruyendo mitos –a Rita Hayworth en La dama de Shanghai-, construyendo leyendas –todo ese fresco maldito llamado El cuarto mandamiento-.

El monstruo de Coppola vivía selva adentro, en las pieles de Marlon Brando, el coronel Kurtz y más aún en las de Martin Sheen como el enajenado Willard. Ni qué decir de Mickey Rourke y Matt Dillon en La ley de la calle. Y sí, monstruos de familia en el universo de los Corleone. Heredero de Elia Kazan, discípulo de Roger Corman; Coppola (junto a Spielberg, Lucas y Scorsese por nombrar la punta del iceberg, removieron los cimientos de la industria y como Welles consiguieron reinventar el cine de Estados Unidos, más allá de los tenores del cine clásico. Más allá de esa larga sombra prolongada hacia los 50. De ese sentido de extravío en los 60.

Cada uno fue nominado a los premios de la Academia. Estuvieron en los festivales del mundo. Se disputaron y disputan a cada tanto el primer lugar entre las Mejores Películas de la Historia. Uno y otro son autores totales.  Excepcionales, imprescindibles, renovadores. Únicos.

Twitter: @cinemathon

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