Birdman: El vuelo de Narciso

Birdman-5Por mucho que Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (2014) se describa a sí misma como una comedia, una negra por demás, en realidad el espectador con alguna que otra sonrisa en los labios se embarca en un drama crepuscular por decir lo menos. En un viaje sin retorno para un actor en pos de su canto de cisne. El más memorable y a sus ojos, en el más genuino, sobre las tablas y con toda la verdad posible.

El quinto largometraje del realizador mexicano Alejandro González Iñárritu ha conseguido lo que su compatriota no pudo el año pasado. Esto es que Gravedad de Alfonso Cuarón se llevara el Óscar a la Mejor película. Sumó el de Mejor director, sí. Pero Iñárritu consiguió tener en casa de un solo golpe tres: productor, director y guionista.

Entre todos sus films, desde Amores perros, el realizador acumula 21 nominaciones –que no gramos-. Nueve corresponden al más reciente, que al final ha conseguido cuatro: el de Mejor cinematografía para Emmanuel Lubezki, colaborador absoluto de Cuarón, pero que ha comenzado a transitar por los mundos de Iñárritu, ahora en Birdman y en breve con The Revenant.

Así, desafiando la perfección técnica de Cuarón en Gravedad, Iñárritu se ha convertido en demiurgo absoluto de este mundo atrapado en un film. Un mundo que ha terminado, configurando un álter ego en la figura de Reagan. Un actor que vivió sus mejores glorias interpretando a un superhéroe alado (el Birdman del título) y que años después de dejarlo atrás, sigue atormentado por su sombra. Otro tanto suma la percepción de los otros, su hija entre ellos, quienes le consideran, uno más.

Michael Keaton da vida a ese actor ante el espejo. Esa otrora estrella que reniega del cine industrial y se refugia en los laberintos del teatro con Raymond Carver en el bolsillo. Iñárritu traspasa a Reagan su crítica por el oropel y la gloria perdida. También abraza a su intéprete/personaje en su tiempo perdido. El que pasó lejos de casa, sumergido en la vorágine de la fama.

Otro tanto –y acá lo mejor del film-, en los espejos de otros: el productor desesperado, la actriz que espera su momento, el actor absoluto que reconoce un instante de verdad, la actriz eclipsada por el oscuro brillo de su actor amado. En esas pequeñas vidas, la película se crece y respira de su ambigüo discurso.

Keaton, pese a las peripecias de la cámara, consigue eso sí, traspasar su furia, una suerte de agonía que podría ser reconocible en su propia vida, aunque quizás sea otro trampantojo cinematográfico.

Lubezki se luce a lo grande, aunque su maravilloso trabajo y la presencia absoluta del director en el set, oculte un tanto el trabajo de los intérpretes, golpeados por su drama y el tempo de la banda sonora de Antonio Sánchez (tremendo e incisivo).

A diferencia de su personaje, con Birdman, Iñárritu ha conseguido salir del foso en el que le dejó esa mirada ombliguista en Biutiful. Resulta irónico, que este ejercicio que pretende diseccionar los excesos del ego y la fama, lo termine colocando justo allí donde su personaje nunca podrá estar.

Twitter: @cinemathon

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