Premios Óscar: La vida y el tiempo

La temporada de premios toca hoy a su fin. Ha sido un tiempo interesante, con películas que se han quedado en el camino y al final sólo ocho esperando por el premio mayor. Para algunas de esas películas y sus responsables creativos, ha debido ser una temporada intensa. Para dos de ellas, bastante larga. A decir: un año y pocos días más. Se trata de Boyhood de Richard Linklater y El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson.

Ambas se vieron las caras en la Berlinale de 2014. La primera se llevó el premio al Mejor director, la segunda el Gran Premio del Jurado. A la fecha, la primera acredita seis nominaciones al Óscar (incluida Mejor película), ha ganado 144 galardones y otras 119 nominaciones. La segunda ha recibido nueve nominaciones al premio de la Academia (incluida Mejor película) y lleva ganados 81 galardones y 129 nominaciones. Hay una tercera en discordia –aunque existan otras cinco consideradas-: Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia del mexicano Alejandro González Iñárritu. También suma nueve nominaciones a la célebre estatuilla con la correspondiente a la Mejor película en la copa de sus expectativas. Se ha llevado 154 premios durante esta temporada y unas 157 nominaciones.

Sin menospreciar a las anteriores (mucho menos ese portento llamado Whiplash de Damien Chazelle que de paso es todo tempo y mucha ambición y obsesión), todo parece indicar que entre las tres anteriores se encuentra la próxima ganadora del Óscar a la Mejor película estadounidense de 2014.

Curioso, pese a que todas apuntan sus propios derroteros, dichos films se tocan en un punto. Cada una consigue a su manera reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre el significado de las respectivas existencias de sus personajes. Sobre el valor de esa vida, el significado de la misma.

Mientras el protagonista de Boyhood, Mason (Ellar Coltrane) se encamina desde su infancia hacia el comienzo de su vida adulta; el señor Moustafa (F. Murray Abraham) –y mucho antes ese autor desdoblado en Tom Wikilson y Jude Law-, decide pasar revista a ese momento de su vida determinante, en un momento histórico determinante. Ello en medio de una fábula que podría existir eternamente en una caja de muñecas. Finalmente, el héroe venido a menos, ese actor desesperado, Riggan (Michael Keaton), con la vida en los talones decide apostar a su canto de cisne tratando de demostrarse a sí mismo, que esa existencia ha merecido, al menos por un momento, la pena. Un instante de última y desesperada honestidad.

La vida y el tiempo inexorable, así sin más atraviesa el color emocional de tales favoritas. Puede ser una mirada absolutamente evidente, da igual, pues la vida está en toda creación. Pero ese nudo que las ata no es casual. Mucho menos en ese subtexto de la creación y la propia vida cinematográfica. El tiempo y el espacio congelado y condenado a revisarse una y otra vez en esas imágenes extraordinarias. Cada una, a su manera, hablará más o menos a los espectadores. Cada una de ellas es una pieza exquisita y brutal. Momentos de giro en la carrera de cada uno de sus realizadores. La madurez y un salto en la mirada de Anderson, un cambio de panorama emocional en el caso de Iñárritu y una apuesta sin precedentes en su retrato de la vida en el caso de Linklater. Cada una de ellas da solidez y cuerpo a la creación cinematográfica acusada una y otra vez de ausencia de ideas. Pero una de ellas es una pequeña gran obra maestra: Boyhood.

Twitter: @cinemathon

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