El viaje en “La distancia más larga”

La distancia más larga (2013), ópera prima de la venezolana Claudia Pinto Emperador, ha sido un debut importante en lo que fue el cierre de 2013 (se llevó galardones en Montreal, el que otorga el público y con esa aura fue aquí y allá, ganando tales favores en diversos certámenes cinematográficos).

La cuidada corrección académica que exhibe su guión consigue que los mecanismos narrativos se activen con cierto artificio, ello a favor del univeso propuesto, ése en el que se desenvuelven los personajes, bajo el influjo de su creador. En principio esa mujer que ha decidido morir en el lugar donde ha sido más feliz, el de un niño al borde de la vida futura, el de un joven que decide recomenzar.

El de La distancia más larga es un viaje a la semilla y también el de la semilla que emerge y crece. El círculo de la vida y la muerte. Principio y fin. Un viaje que la joven realizadora decora con mimo y celo extremo.

Su relación con la historia es íntima, más allá de lo cinematográfico, y su propia huella queda inserta en un meandro de ese recorrido.

Con un correcto preciosismo, el retrato de los personajes queda enmarcado en el paisaje de la Gran Sabana que se alza como espacio idílico, acaso paradisíaca mirada celestial que los acoge a los con sus afectos y sus dilemas.

Un espacio que funge como punto de encuentro y también como destino final, en esa suerte de fábula que deja para el final un dilatado epílogo que el espectador asume desde mucho antes.

Así, la realizadora sella su mirada sobre el deseo de su protagonista y la asunción de la eutanasia como final. Se compromete con ella y su renuncia a las posibilidades servidas por los afectos. Martina (Carme Elías) teje su propio destino, mientras cede al otro la futura posibilidad del dolor.

Melodrama en clave de road movie y cierta grandeza épica, el de Pinto es más allá de lo expreso, un viaje más incómodo de lo que presupone ese tono servido por el contexto idílico. Es, en realidad, una historia menos solar de lo que parece.

Pese a su correcto derrotero, la cinta consigue revelarse y desembarazarse de los hilos que mueve su creadora, para mostrar por contraste las sombras que subyacen en ella.

Si hubiese que buscar algún referente inmediato, habría que mirar un tanto en las cintas de Naomi Kawase donde lo espectral –acá Martina-, se entrelaza con lo natural como limbo.

Lo que parece ser el ascenso de Martina a ese espacio mítico y totémico, es sin más, un viaje a la muerte. Un descenso en realidad, que subraya por demás, la evasión (como metáfora) que marca semejante decisión. Los personajes huyen para no enfrentar, ni confrontar, aunque el tiempo, tarde o temprano les obligue a ello, con la fortuna del creador, que propone la redención como resolución.

Pero en esa sombría mirada, el paisaje deja de serlo también, y la distancia se hace más árida. Así, la Gran Sabana se alza ya no sólo como tumba, sino también como el eco del pasado. Lo que allí se encuentra no es la vida, sino los fantasmas que aún pueblan esos espacios. Miradas y existencias imposibles que se reconstruyen a los ojos del espectador con dulzura, pero con inevitable sino. Cierto que el lado de la vida no es menos amable, y ese es el lado que espera por una respuesta. La que debe construir el espectador desde esa sonrisa que la protagonista lanza a la pantalla.

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